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250 tales prefieren las toilettes atrevidas, exóticas, -de las carreras de caballos y los sandwichs con Ckampagne, al apresto seductor en contomo de nuestra maja, oliendo á rosas y comiendo naranjas. Aquella madrileña imposible tiene que bacer un derrocbe de coqueterías finas para obtener una sonrisa; á ésta le basta ponerse de pie en el palco ó en el carruaje para esclavizar á todos con su bello porte; y aunque digan las otras, por envidia, que resulta ordinario, nosotros diremos que la gracia de Dios es la torera, porque recibe la sal del mismísimo cielo. Se la dieron en la pila y la conservarán basta morir, pese á quien pese. La cbula de cartel, bautizada en San Cayetano, aunque sea una real moza y se ponga en jarras en el tendido para pedir otro toro, no priva en el ánimo de los espectadores tanto como ella quiere. Se la ve con gusto, se la aplaude cuando ecba un discurso con caireles y pataditas y contoneos, y se la llama ¡chiquilla! En cambio, la aristócrata del palco, que ya ba merecido el bomenaje de una moña ó dos, y que acaba de recibir otro con el brindis de ün toro, es tanto lo que se mueve en el asiento, tan grande el interés con que sigue los incidentes de la lidia, que el público no la pierde de vista y se interesa con ella en términos de que, cuando el espada, limpiando y enderezando el acero, viene con estoque y muleta á bacer pleitesía galante á la belleza de su madrina y de su reina, un aplauso general, unánime, gigantesco, se levanta de gradas y tendidos, de las sobrepuertas, de la meseta y basta de los burladeros, aclamando á la presidenta de ojos negros y mantilla blanca, á la que premiando al matador con el obsequio de rúbrica y su mejor sonrisa, acaba de destronar á todas las cbalas habientes, á todas las cerinas de cucurucbo, á todas las que murmuran y critican, y á las desaboridas de salón, hartas de desengaños, mediante que los novios no pican á la primera, y si pican suelen dormirse en la suerte para no entregarse en la Vicaría de una buena, recibiendo. La alegría pintada en todos los semblantes; el regocijo, que produce espasmos de satisfacción; el cielo azul y transparente; la brega llena de rostros imprevistos, aunque no ignorados convengamos en que bay motivos para picar el anzuelo. Yo, á pesar de todo, no aplaudo la afición del sexo, pero me deleita el contraste del tipo snpradicbo, y cedo á la magia del boceto, al atractivo de la petimetra de Goya, de la española de casta, á quien la fiesta nacional resucita y exhibe en la Plaza de Toros todas las tardes de corrida. (DIBUJOS DB H U E E T A S) ENRIQUE SEPULVEDA CUENTOS BATUEROS, POR GASCÓN -Ven acá, bribó i. ¿Por qué no has ido á misa? -Slhoido. -No mientas. ¿De qné color era a casulla? -De un color así... como el tiuevo revuelto con tomate. ¿Ya no tiene usté más? -Ha visto usted dieeiséif piezas. Me parece que en ningún comercio encontrará mejor surtido en paños encarnados. -Pues entonces corte, corte de aquí. ¿Cuántos metros? -iQnlál TJn piacico pa hacele una cresta á un gurrión que estoy criando.