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r AS TAURÓFILAS AS á los toros por amor al arte ó por respeto á la tradiciÓB, por el afán de ser vistas y aplaudidas, ó 111 porc ue hierve en el fondo eterno 1 femenino el quid divinum de la sangre torera? De todo hay en la viña y en la Plaza. Si fuéramos á analizar apetitos mur jeriles por el orden psicológico, hallaríanos que la causa generatriz predominante, el impulso que mueve á la mujer española, singularmente á la madrileña, á volar presurosa, rompiendo vestidos, á una corrida de toros, es la pasión del espectáculo, la necesidad de dejarse ver prendida con rosas y clayeles, la tentación irresistible de la mantilla Iblanca con peineta de teja, la codicia no conIfesada, pero sentida, del requiebro popular, ¡ardiente, irresistible, que sale de todos los labios al ver dentro del circo una barbiana de clas éT épIegando el abanico pericón y echando al espada una petaca de habanos. Esa espléndida ovación de sombreros y gritos, y á veces de naranjas, sólo se presencia en la. Plaza de Toros. En ella, el triunfo de la mujer es completo y definitivo, porque sólo dentro del circo pueden apreciarse todos los encantos, sólo allí puede permitirse una dama lucir con desenfado púdico el garbo nativo y esgrimirlo y explotarlo en derredor, haciendo víctimas, con la bendita gracia arrebatadora de las manólas de Eomero y las duquesas de Pepe- Hillo. Sólo en la Plaza puede oir una mujer distinguida, sin sonrojarse, el supremo piropo de los aficionados de tanda: ¡Ole, salero! ¡Viva lo buenol Y por oir esta salutación ingenua, más franca y expresiva qne el galanteo rancio de los salones; por atraer en el tránsito las miradas de los que van encaramados en la imperial de los ómnibus; por subir, recatándose, aquella escalera pecadora y removida que hay á la vera del tendido número 1, es capaz una madrileña bien nacida de abandonarlo todo, hasta el pensil del parque, hasta el atavio de trapitos que la visten de dama, hasta los pergaminos de raza, hasta la salud del cuerpo, puesto que si el caso aprieta y la entrada es grande, es capaz de presenciar la corrida desde un palco de sol con toldo embetunado de tabardillos. Será una debilidad, pero confieso que es preciso no ser español para mirar sin entusiasmo el desfile apresurado de. tantas niñas bonitas encaramadas en breacks con cascabeles, en landeaucc á la cale-