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POETAS DE LOS CANTARES MANUEL DEL PALACIO Pelo rubio y ojos, negros, ¡vaya una contradicción! A un tiempo blanca y morena: fuego y nieve, lana y sol. El carro de la fortuna no tiene más que una rueda; quien sube en el carro, cae; quien tira del carro, vuela. Lágrimas de muchachas y de muchachos, unas parecen perlas y otras garbanzos. Una mnjer y una gata domestico yo á la vez; los arañazos que tengo todos son de la mujer. Un beso á la tumba di, y la tumba se movió; ¿qué mucho, si estaba allí la madre que me engendró? Unos cantan por costumbre, otros porque no los pisen, yo porque me da la gana, y tú para que te silbeii. Campana que toca á muerto no le tengas afición, porque hasta tocando á gloria te ha de producir dolor. El hombre, cuando se embarca, debe rezar una vez; cuando va á la guerra, dos, y cuando se casa, tres. Son tus amores, niña, molino de agua: rueda, alboroto, espuma, nada le falta. En cambio, son los, míos agua de noria: luz, frescura, corriente, todo les sobra. ¡Bendiga Dios la alegría, que es el único caudal qae por mucho que se gaste no se llega á derrochar! Es tu amor, vida mía, agua de nieve, que cuanto más se enfria mejor se bebe; y es mi fortuna perra como el granizo, no bien tocó la tierra, ya se deshizo. Conociéndote, te quise; por eso no tengo pena; yo soy el ratón que ha entrado por gusto en la ratonera. Un reloj tiene Paco digno de verse: ayer al mediodía daba las trece. Amores contenidos no son amores; cuanto más quieta el agua, más se corrompe. Hay gentes muy convencidas de que uno y uno son dos; pero una fimjer y un hombre, ó son uno, ó nada son. Como el pez en el agua vive aquí el bueno, esperando á que el malo le eche el anzueio. Si te ha de causar fatigas decir lo que digo yo, quiéreme y no me lo digas, ó quiéreme y di que no. f ¿U i fU- i I (DiBDJO DE F MOTA)