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239- -Si, señor, tenemos fresas; pero no las hemos anunciado porque, sobre haber pocas, no están al alcance de todas las fortunas. P u e s tráigame usted una ración. ¿Con naranja? -No; con crema de Chantilly. Las fresas eran exquisitas, y se repitió el número. Una taza de Moka, que pudiera muy bien ser Paerto Kico, y dos copitas de Martel tres estrellas fueron saboreadas entre las espirales del humo de un Pertagas, tan maduro y aromático, que el cliente proveyóse de media docena más para pasar la tarde. Por fin se levantó el caballero, y empezaron á palpitar los corazones mientras se le devolvían los efectos de su indumentaria. Era el momento del pago y, por consiguiente, de la propina. Allí empezaba lo que, parodiándolo de los franceses, llamaban en la casa la adición y la sustracción. ¡Pero cuál no sería el asombro de aquella gente al ver que su presunta víctima, lejos de dar nada, tomaba en derechura el camino de la puerta! Algún olvido pensaron todos; pero por si acaso, hicieron al dueño la señal convenida en circunstancias semejantes, y éste, al pasar por la caja, lo presentó la cuenta al insolvente, acompañada, por supuesto, de una benévola sonrisa. ¡Ah! exclamó el aludido con extrañeza. Yo no pago nunca. ¿Cómo? -Porque no tengo con qué. -Pues cuando no se tiene con qué pagar, repuso el amo, enseñándole los dientes hasta las encías con gesto amenazador, no se llevan relojes de oro, ó se dejan en garantía de la deuda. -Permita usted. Yo necesito saber la hora para arreglar mis comidas. -Pues el abrigo, al menos. -Con el Guadarrama que está soplando- -Menos cuchufletas, ó se las verá usted conmigo. -Pregúntele usted á los criados lo que pesa este garrote, y contemple usted mis bicepsos. Comprendiendo que llevaba la peor parte, pues se las había con un petardista decidido, el dueño guiñó el ojo á uno de los mozos, que, acostumbrado á esta clase de contratiempos, bajó la escalera en busca del primer agente de orden público que encontrara. Precisamente en la puerta topó con uno, con quien, después de ponerle al tanto de la situación, subió al restaurant. ¡Yo tratado como un malhechor! vociferaba el gomoso á la vista del representante de la autoridad. -Menos voces y á la inspección conmigo, contestó secamente el municipal, quitándole el bastón y cogiéndole por un brazo. -Bueno; le seguiré á usted, pero tráteme al menos con la consideración que merece la clase á que pertenezco. -Para mí no hay clases; eche usted á andar. Y después de tomar la cuenta en que se consignaba el importe de la reclamación, el agente salió del establecimiento denostando al petardista, que marchaba delante, y dando al dueño seguridades de cobro, pues cualquier prenda del traje valía, el importe del almuerzo. Volvieron la esquina alguacil y alguacilado, y metiéndose en un portal que no acusaba ser la morada de la justicia: -Cuánto has tardado, dijo el de orden público pasándole su capote y su kepis al detenido, que á su vez se despojó del gabán y del sombrero para vestir á su cómplice. -Chico, sirven tan bien Y saliendo de nuevo á la calle con los papeles invertidos: ¿Dónde te prendó hoy? dijo el uno. -En Fornos; contestó el otro. ¡Hay también fresas! ENRIQUE G A S P A R (DIBUJOS DB F MOTA) S