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CUESTIÓN DE ESTOMAGO LA LUCHA POR LA VIDA Zé ¿1 Maldiciendo de su suerte camina un triste jamelgo, tan rico do garrotazos como pobre de alimento. Yo me río, y eso que los tiempos no son alegres, cuando me ponderan el olfato de ciertos animales. El perro que rastrea la caza, el gato qiie no conoce la nariz de berenjena de su ama ni la cojera del señor, y en cambio se encariña con el botijo sin pitorro ó con la butaca sin brazo, han sido siempre objeto de elogios desmedidos, mientras que de los mozos de fonda nadie se ha ocupado más que para echarles en cara el si la comida tiene poca ó mucha sal, como si ellos dispusieran de las salinas de Torrevieja. Y no obstante, camarero hay que, al ver entrar á un cliente, con sólo contraer la probosis, vulgo trompa, ya le ha contado el dinero que lleva en el bolsillo y dispone la elasticidad de sus músculos en proporción de la propina. A aquél de quien no la espera, le sirve lentamente y le da el pan duro y el vino picado. A los de cincuenta céntimos les otorga una sonrisa al entrar y otra al salir, pero seca, sin salsa, con una simple vuelta en la sartén. A los de peseta ya les recomienda algún plato y les entorna la ventana para que no les moleste el sol. Pero hay otra clase, la de los mimados: los de dos pesetas en adelante, con gabán de pieles, corbata 1830 y cortos de vista. Para éstos son todas las atenciones, no sólo por lo que sudan espontáneamente, sino por lo que deja el carácter del individuo. Acostumbrados á tratarse bien, tienen que pagar con un billete gordo, y como nunca cuentan el cambio ni recogen la nota, el camarero les pone debajo del papel uno ó dos duros, según las agallas del mozo, que éste adopta como huérfanos al ver que se quedan abandonados. ¡Oh! La lucha por la vida se revela en los actos más insignificantes y ocultos. Con lo dicho basta para comprender el efecto que produciría la entrada en un restaurant de un caballero con monóculo sin aro, abrigo flamante de entretiempo, bimba irreprochable y una flor en el ojal de la levita que parecía una solapa de color. Al verle aparecer, los criados se estremecieron, como el pescador de caña que siente en el anzuelo algo resistente que fluctúa en su imaginación entre el atún y la ballena. Llega al lin tie au carrera, y descargado del peso, se arroja sobre un chaparro nutrido, verde y espléndido. 5 H. Ett un santlamíSn se traga hojas, brotes y renuevos, muerde el tronco del arbusto, lame y olfatea el suelo; H. W V y ya con el vientre henchido, cae en la cuenta el jamelgo de que ni su suerte es mala ni esta vida es un infierno.