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221 sia perdió todo su capital á consecuencia de un pleito, y falleció también arrimado á una rinconera, y Eufrasia se quedó viuda á lo mejor de su edad. ¿Qué hago yo en Toledo? Aquí no tienen porvenir las hijas de familia, se dijo una mañana. -Vamonos á Madrid, que es más grande, añadió su niña. Y Eufrasia y el retoño se trasladaron á la corte. La niña era fea, y además se llamaba Melitona, pero no faltó itiaguda y bigote rubio, que coiii iiidescentes desde su ventana. 111) la mamá á Melitona. Si consi se hace vuestro matrimonio, ce 08. He sabido que ese joven tiene nos que cobra, son veintidós duA Melitona se le pusieron los dientes largos, y comenzó á mirar al joven con afán. Él la dirigió una carta, que empezaba así: Señorita: Desde el grato momento en que tuve la dicha de ver a usted, mi corazón... etcétera. Y Doña Eufrasia dictó á su hija la contestación en los siguientes términos: Caballero: No debo ocultar á usted que mi corazón se ha impresionado, por las demostraciones de simpatía que usted me tributa etc. El caso fué que Melitona y Adalberto (el joven se llamaba así) llegaron á entenderse, y que Doña Eufrasia no cabía en el pellejo de puro gozo. -Melitona, ponte al balcón, decía á cada paso á su hija; Melitona, múdate esa chambra, que se te ven los puños; Melitona, lávate ese pescuezo. Doña Eufrasia lo abandonó todo para dedicarse exclusivamente á cultivar las relaciones de la niña con el vecino. El no tenía nada que hacer, y se pasaba la existencia en el balcón esperando que saliera, su chata. -Buenos días, Melitoncita. -Felices, Adalberto. ¿Has descansado? La mamá, detrás de la puerta para no ser vista por el enamorado joven, presenciaba el coloquio amoroso y daba lecciones á la niña. -Dile que has pasado mal la noche, apuntaba por lo bajo. La niña. -He. dormido mal.