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EL AGUACERO Ni un coche. ¡Válgame Diosl Cómo lia de ser I Esperemos. Ven acá, nos taparemos con mi paraguas ios dos. Te estás mojando la ropa. Acércate un poco más; mira que, si no, te vas á poner hecha una sopa. ¿No ves? I Si parece un rio! Nunca llovió con más fe. (DIBUJO DE MUÑOZ LUCENA) ¡Que te mojas ese pie I Ponió, ponió sobre el mío. ¡T va apretando el turbión I ¿Qué? ¿que te quieres marchar? Fuera mejor esperar á que pase el chaparrón. ¡Y te afliges I ¡No hay por qué I Si aqui sola te han dejado, tonta, no tengas cuidado, que yo te acompañaré. ¿Quién nos ha de criticar? Ya supondrán lo que ha sido; esto que nos ha ocurrido es muy fácil de explicar. Vamos, anda, por aquí. Espera un momento, espera; ya estamos; toma la acera y no te apartes de mi. Pero ¡vas tan retirada! Te da el agua de rechazo: ¿por qué no coges mi brazo? Hija, ¿qué han de pensar? Nada. ¿Lo ves? ¿No te lo decia? Juntitos vamos mejor. ¡Y llueve que es un primorl ¡qué viento! ¡valiente dia! Eecógete las enaguas, que te van dando en el suelo. ¡Ay, te estás mojando el pelo con un pico del paraguas! ¿Que no se evita? Quizás. ¡Me maravilla tu asombro! Inclinando hacia mi hombro tu cabeza, lo verás. xQue no quieres! ¿Y por qué? No comprendo la razón; es ya mucha obstinación el negar lo que se ve. Sí, yo también considero pero no del mismo modo, porque, en estos casos, todo lo disculpa un aguacero. Y no consiento, á fe mia, que, por no verse ultrajado, tu pudor exagerado motive una pulmonía. Vamos, sí, si ya lo sé; pero aún falta una tirada, y está tu trenza empapada; anda, que nadie nos ve. Así vas mucho mejor; pronto llegarás á casa. ¡Yo no sé lo que me pasa! pero me encuentro peor. Arde mi frente oprimida, torpe mi lengua enmudece, y, sobre el brazo, parece que llevo un ascua prendida. ¡Qué cabello tan sedoso! ¡Quéfrente tan delicada! ¡Qué nariz tan acabada! Y ¡qué aliento t a n sabroso! Soles que al sol dan agravios fulguran bajo sus cejas, ¡Ay, qué cutis! y ¡qué orejas! ¡Qué pestañas! y ¡qué labios! Contra toda tentación sirva su honradez de escudo. Pero hace frío y yo sudo. ¡Extraña contradicción! ¡Ay, respiro! Ya llegamos. ¡Siento un pesar! Lo esperaba. Siempre igual: la dicha acaba cuando más la deseamos. ¡Adiós, ángel hechicero! No ha sido mi dicha poca. ¡Bendita sea tu boca, y bendito el aguacero I JOSÉ SILES Y RUBIO