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213 á un elegante jamelgo que estaba en un palco, y se ganóuna vara de cigarros, perJiendo el espectador las tripas en la refriega. Rumboso dio tres varas al picador batacazos, que le puso tres Dientes en la silba derecha, provocando una paletilla monumental. En seguida la fiera fué á dar un Gallo y salió arrollado por la verónica, que le rompió la consecuencia sin más taleguillas desagradables. ¡No hemos visto jamás un noble tan eornúpeto como Rumboso! Éste se dejó tentar los clarines cuatro veces más (estando al quite la suerte) hasta que el presidente mandó que tocasen los matadores para cambiar la piel. Entonces el toro, dando un callejón al susto, se coló dentro de un guardia municipal que estaba recostado en la boca con la barrera abierta. Acto seguido, el banderilla le dejó una Pulguita en el morrillo y concurrencia, siendo silbado por toda la tripa. Y el Prhnito, con traje de i vuelta, le puso dos pares á la media naranja, saliendo perseguido por la Divina Providencia y salvándose gracias á un milagro de la fiera. Una vez hecha la montera, el matador, con la presidencia en la mano y dirigiéndose á la señal correspondiente, dijo: Brindo por usía, por su apreciable pescuezo y porque me corten el bicho si no mato bien á la familia En seguida desplegó el hocico en el inismo trapo del toro y le dio dos pechos naturales y siete de pase, pero todos tan silbidos, que los embarullados comenzamos á lanzar espectadores estridentes. Al poco diestro, sufrió el rato una plaza, y el público empezó á echar á la colada cascos de bronca, promoviéndose la gran botella del siglo. Pero montera volvió por su Lagariijuj y después de tirar la honra, echó á rodar al puntillero (haciendo innecesaria la iníervención del toro) de una taza caída, pero hasta la misma estocada, mojándose la cola y saliendo por los dedos. La pelota cayó rodando como una plaza y en un instante se llenó la fiera de sombreros y pañuelos. ¡Hasta las señoras agitaban sus cigarros! Las mulillas arrastraron al sol, y el toro empezó á nn blarse. Ko se hizo esperar el calendario. ¡Bien lo anunciaba mi chaparrón! Comenzó á caer agua de los toreros, se retira- ron las nubes al redondel, y en un callejón quedó convertido el charco en periquete. Yo me despedí de una tar tana, me metí en la espectadora de al lado y llegué á la humedad de mis padres con una gran casa metida en el cuerpo. Y aquí me tienen ustedes enredado con esta cabeza mientras me pesco; pero me duele tanto la revista, que no sé lo que me seco, por lo cual, hincando á mis lectores en tierra, les pido perdón á las rodillas. (DIBUJOS nn JUAN PÉREZ ZUÑIGA