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FOTOGRAFÍAS INTIMAS DOÑA EMILIA PARDO BAZÁN ODOS los lunes por la tarde se observa la misma afluencia de coches de lujo en el trozo de calle de San Bernardo, casi frente á la de la Luna, y ante una de esaaantiguas y venerables casas de gente acomodada, de amplio portal, grandes balcones con holgado voladizo y arcaica barandilla, y dos pisos solamente; casas muy españolas y de muy propio estilo, de las que no quedan ya muchas en la heroica villa, gracias al mercantilismo moderno, muy á gusto, como es natural, con los enormes edificios que llegan hasta las nubes, y cada uno de los cuales constituye una pingüe renta. Todos los caxruaies se paran ante el mismo portal clásico, y de sus cajas descienden las más apuestas damas, los últimos figurines parisienses; y por si su aire y su apostura no revelaran su noble linaje, ahí están las portezuelas de sus berlinas y landos con sus coronitas de conde y marqués. El número de hombres que acude á la misma hora á la simpática morada, es inoalcalable: poetas, novelistas, músicos, críticos, políticos, pintores, cuantos brillan en el mundo intelectual; ellos se hallan representados por los simones, que osan mezclarse, con sus malos caballejos, entre los elegantes vehículos tirados por yeguas. ¿Quién vivirá aquí? se dice á lo mejor el transeúnte; y si le acomete hormiguillo de preguntar, le responderá el portero, un suave viejecito de pelo y bigote blancos: Boña Emilia Pardo Bazán. Si el epígrafe que sirve de lema á esta sección no me indicara otra ruta, yo haría de buen grado la semblanza de esos lunes vespertinos, qae constituyen una de las notas más características de nuestra dorada vida madrileña, de ese único salón literario en que nuestra madame Stael ve pasar ante el trono á que la ha elevado su talento cuanto hay de distinguido en la corte, desde la aristocracia de la cuna á la que no tiene más blasón que su inteligencia. Pero hacer una fotografía intima de la ilustre escritora en plena recepción semanal, equivale á retratarla en público, y aquí se busca lo ignorado, lo familiar, lo que no se halle al alcance de la mayoría de las gentes. Y tal circunstancia resulta en la ocasión actual bastante peliaguda. Alegrándome en el alma de q ie mi eximia amiga doña Emilia habitase en una casa de estilo propio, antigua y caracterizada, he subido yo dos veces en vano á su cuarto con mis cuartillas preparadas, mis lápices recién afilada la punta, y resuelto á sacar un millar de notas de la rica mansión. Que si quieres! ¡Eal Pues á la tercera va la vencida. Coa una galantería sin igual, la misma novelista me sirve de guía en mi trabajo de exploración por sus habitaciones, dándome noticia breve y exacta de cada objeto y descubriéndome verdaderas joyas suntuarias. Óleos, acuarelas y esculturas de las mejores firmas contemporáneas; mármoleí, bronces, barros cocidos de autores de fama; biombos, pantallas, mesitas, pocas chucherías de bazar y muchos cachivaches de mérito artístico; un museo con muebles, en fin: he ahí lo que con la rápida visita descubren mis ojos. En el fondo de la estancia hay una larga mesa con altas sillas, una y otras de gusto gótico, y constituyendo una obra de talla admirable por sus labores. La amable dama, fatigada de estar de pie, asiéntase en uno de los sitiales, Con su severo continente de gran señora, su traje de terciopelo liso resaltando sobre las filigranas ojivales del respaldo, resulta una castellana de la Edad Media, y aún lo parecería más si su cabeza no fuera enteramente romana. Todas las cuales observaciones hallábanse destinadas á mis cuartillas, pero la ilustre escritora me invita á sentarme en un confidente, abre después la llave á la grata conversación, y nos enfrascamos, ó mejor se enfrasca (pues yo escucho, admiro y callo) en una verdadera disertación acerca de cosas de letras y artes, en la que vierte á raudales su erudición profunda y sólida, maciza si vale la frase, y varia además, pues salta de asunto en asunto como una mariposa de flor en flor. ¡Y sin tomar una nota para la semblanza, fascinado por su palabra relampagueante y viva! ¿Y dónde trabaja usted? ¡Pues si faltaba lo mejor! Doña Emilia posee un despacho que pudiera llamarse oficial, de recibo, que forma parte de sus salones, pero escribe en un monísimo cuartito, al que manda sus luces el patio á través de los cristales de una galería. Una estantería corrida, de fina talla, cubre los muros en toda su extensión, abarrotada de libros; encima de la biblioteca, que no es mucho más alta que una persona, descansan diferentes bustos, mármoles y barros, y sobre ello? colgados de las paredes, multitud de fuentes y platos alcorenses, talaveranos y moriscos; una mesita sencilla en el centro, y algunas sillas: nada más; una verdadera habitación de faena, íntima, retirada, cómoda, sin ruidos de calle, sin mueblecitos vistosos, pero inútiles, sin efectismo, sin ninguno de esos detiUes preparados para que el curioso visitante se haga lenguas de un amor al estudio que no existe en el dueño de la casa. Y véase por lo dicho las grandes cosas que haca la casualidad. Doña Emilia es nuestra diosa del naturalismo, la cultivadora española del género de Zola y los Goncourt; y las privilegiadas concepciones de su cerebro, que la han dado la fama de que goza como novelista, han nacido en un retirado despachíto que da á un patio de una casa de la clase media, ó, como si dijéramos, en su ambiente. Postdata. Yendo á corregir esta nota, acierto á pasar por casa de doña Emilia. ¡Qué de coches! ¡Pero si las matinées se han suspendido por este año ¡Ahí ¡Toma! ¡Si es su santo! ¡Central ¿Hablo con el Sr. Luca de Tena? Bien, pues ahora mismo voy á felicitarla de parte de BLAKCO y NBOEO. -Vale. ALFONSO PÉREZ NIEVA