Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
159 abundante y sedoso cabello flotaba libre y caía formando bellísimas ondas sobre sus espaldas; llevaba en una de sus manos una cruz, en la otra un cáliz con una hostia sacrosanta, y sus ojos estaban cubierto por espesa venda, á pesar de lo cual la viajera marchaba con la seguridad y con la firmeza de los destinados y de los elegidos de Dios. A su lado caminaba otra mujer, una deidad por la maravillosa hermosura de su semblante, y esta viajera, más que de sí misma, cuidaba de dos pequeñuelos que llevaba guarecidos bajo su manto, animándoles con palabras de melodioso ritmo y confortándoles con sonrisas de aurora y miradas de luz. El tercero de aquellos viajeros misteriosos era un hombre en toda la plenitud de la vida y en toda la fuerza de la juventud. Robusto como Hércules, bello como Antínoo, con la erguida cabeza colocada firmemente sobre anchos y levantados hombros, mostrando al aire los nervudos y curtidos brazos, que por la forma hubieran podido servir de modelo á Miguel Ángel, marchaba con paso decidido y enérgico, llevando en la mano picos, arados, ruedas dentadas y otros objetos semejantes. Por último, el cuarto viajero era un anciano venerable de severas y correctas facciones, aventajada estatura y noble continente, con todo el aspecto de un antiguo guerrero experimentado, valiente y pundonoroso, que llevaba sobre su negra ropilla una brillante armadura, y al lado izquierdo la espada de gavilanes, en cuyo fulgente acero jamás cayó sombra que la mancillase. Siguieron silenciosameníe su marcha por largo tiempo, hasta que al caer la tarde, cuando el sol desparecía en el horizonte, hicieron alto en una elevada meseta del camino, desde cuya eminencia se abarcaba con la vista inmenso espacio, y desde la cual partían numerosos caminos en opuesta dirección. -Preciso es separarnos, dijo uno de los viajeros. Hemos cumplido nuestra misión, y cada cual debe marchar á ocupar el puesto que le designó la Providencia. -Verdad, contestaron. Nuestra misión es conquistar el mundo; marchemos, pero antes designemos un punto de la tierra donde podamos encontrarnos cuando alguno de nosotros necesite de los demás. -Yo, dijo la primera de las viajeras descrita, soy la Fe. Si necesitáis de mí, buscadme allí donde haya ideas que propagar, doctrinas que sostener, creencias que afirmar y martirios y persecuciones que sufrir. Allí me hallaréis. Y de sus ojos irradiaron torrentes de luz. -Yo, dijo la segunda viajera, soy la Caridad. Si me queréis hallar, habéis de buscarme en los lugares más tristes de la tierra: en el hospital, en la cárcel, en el tugurio del men t digo, en los campos después de la inundación y después de la batalla, en todo sitio en que haya hambrientos que alimentar, desnudos que vestir, enfermos que socorrer, lágrimas, en fin, que enjugar. rim Y diciendo esto, acarició con amor á los pequeñuelos que abrigaba bajo su manto. -Soy el Trabajo, exclamó con voz ruda el tercer viajero. Cuando queráis hallarme, buscadme en el abismo profundo de las minas, en los talleres, en las fábricas, en los feraces campos, allí donde sea preciso horadar una montaña, dar cauce á im rio, separar dos continentes, poner barreras á los ímpetus del mar. Y levantó con orgullo su fiera cabeza, como mostrándose satisfecho de que sus timbres no fuesen inferiores á los de sus compañeros de marcha. Guardó silencio el cuarto viajero, hasta que, preguntado por los otros dónde podrían hallarle, replicó: -Con vosotros irá siempre mi espíritu, que no puede abandonaros jamás; pero aquí, en la Tierra, no puedo deciros dónde me hallaréis. Soy el Honor; y, entre los mortales, el que una vez se separa de mí. no me vuelve á encontrar. FERNANDO S O L D E V I L L A (DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINGA)