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LA DESPEDIDA Viajaban juntos, apoyándose mutuamente unos en otros, como fatigados por gran esfuerzo ó por larguísimo viaje. Diríase que cada uno de ellos necesitaba indispensablemente del auxilio de sus compañeros para cami- iktAi vr, i V. V -0 ¡i ts- i. 1? ífc -Ka. nar y aun para vivir, ó, por lo menos, que era precisa la unión de todos para poder cumplir la misión divina que les estaba encomendada. Iban á la conquista del mundo; y sus personas, tan desemejantes en aspecto y condición, estaban marcadas con el distintivo de lo bello, de lo grande, de lo divino, reflejando estos dones maravillosos en la luz de sus ojos, en la placidez de sus semblantes y en la majestad de todo su ser. La senda por donde caminaban era estrecha, tortuosa, sembrada de obstáculos y bordeada de abismos que exigían por parte de los celestes viajeros sacrificios inmensos para poder marchar. Pero ellos todo lo removían, todo lo allanaban, y por doquiera que encaminaban sus pasos, desaparecían las dificultades, se desvanecían los peligros, y la senda quedaba expedita y libre, cubierta de menudo césped que hacía el andar fácil y ligero, bordeada de olorosas flores é iluminada por los resplandores de un sol tibio y vivificante que los envolvía en un manto de luz y coronaba sus cabezas con un nimbo de gloria y majestad. E l primero de aquellos seres extraordinarios, el que se adelantaba siempre á los demás, era una mujer, más bien una diosa, vestida con amplia túnica blanquísima y pura como la nieve de las montañas; su