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155 El sastre, el zapatero, el sombrerero, el camisero y demás industriales que contribuyen á cubrir (valga la palabra) y hermosear el bípedo implume, como diría un académico trasnochado, son las línieas personas dignas de aprecio, y aun de admiración, para Narciso. El corbatero y la planchadora ejercen también grandísima influencia en sus destinos. Una pechera bien charolada y unos puños blanquísimos que se escapen oportunamente de las mangas de la levita, pueden labrar en momentos determinados la ventura de nuestro héroe. El echarse los puños fuera á cada momento, moviendo los brazos como aspas de molino, es su ocupación favorita. Siempre está en situación, como se dice en lenguaje de bastidores, y ni un solo instante se olvida del aderezo de su interesante persona. Los puños alternan con la corbata, la corbata con el chaleco, el chaleco con los pulgares de ambas manos y asi sucesivamente. La conversación de Narciso es como su persona, irresistible é inaguantable. El yo, inmodesto y satánico, jamás se le cae de los labios, y la frivolidad, la insustancialidad, mejor dicho, informa todos sus razonamientos, de los cuales se deduce que no está bien informado en punto á educación. Hay quien conoce el tipo j se burla de él donosamente, tomándole el pelo, como ahora se dice. ¡Hola, Narciso! (suele decirle quien le conoce bien. ¿Dónde se ha hecho usted esa levita? ¿Por qué lo pregunta usted? ¿Por la elegancia del corte y lo bien que me cae? -Al revés; porque parece una levita de la calle de Toledo, acera de la izquierda El asombro y la indignación se pintan en el rostro de Narciso. Su interlocutor prosigue: -Siendo usted elegante de suyo, p rece qne lleva usted un trapo sobre los hombros, ó que la levita está colgada de una percha. Pero, hombre, ¿no tiene usted ojos en la cara? ¿no tiene usted espejos? Al llegar á este punto, Narciso vuelve groserísimo, dice toda suerte de inconveniencias, y se marcha echando chispas; pero lleva clavado el arpón, y la herida estará mucho tiempo manando sangre. El que desea, por el contrario, dar un buen rato á Narciso, no tiene más que volver la oración por pasiva y decirle que la levita está bien cortada y, sobre todo, que él la lleva divinamente, con suprema elegancia. No vive más que por esto y para esto. El gran defecto de los hombres guapos no es que lo sean, sino que lo sepan ellos. La ignorancia en ese punto puede calificarse de artículo de primera necesidad, porqtie los que están en el secreto de su hermosura, entran de lleno en la categoría de Narcisos y, hasta qtie se les estropea el físico, no se les pitede aguantar. He conocido (y ustedes también) en uno de los más populares teatros de Madrid un actor que, pudiendo haber sido bueno, porque tenía condiciones, resultaba malísimo á causa de su insoportable pedantería. En cuanto se presentaba en escena ya estaba pasando revista (con la mirada expresiva) á todas las señoras que se encontraban en el teatro. En su gesto enfático y en su actitud arrogante podían leerse estas palabras: ¿Eh? ¿Qué opinan Ustedes de esta personita? De esto hay poco. Y efectivamente, hay poco, por fortuna. Las señoras eran las primeras en burlarse del presuntuoso, y él, atendiendo al efecto que producía su interesante persona, jamás hacia efecto como actor. El Narciso queno es actor observf. con el mismo prejuicio al público callejero, creyendo, modest i, mente, que todo el mundo se fija en él y que produce un efect decisivo. En su manía de contemplarse á sí propio, aprovecha, al paso, los cristales de los escaparates de las tiendas y, con el pretexto de ver los géneros, echa un vistazo sobre su bella reproducción. Cuando tropieza, como acontece en la calle de la Montera, c U espejos verdaderos, se para en seco, intercepta la acera, y casi casi se hádela toilette. y se pone en ridículo una vez más, aunque él crea lo contrario. En ese caso del espejo sí que no puede decirse (por más de que lo haya dicho el poeta) Todo es según el color del cristal con que se mira. FRANCISCO F L O R E S G A R C Í A (DIBUJO DB HUERTAS) v- i