Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
149 Pero desde el rabillo de sus ojos saltaba de cuando en cuando una mirada de cauteloso sesgo, que iba á parar á la cara de José Fclix, el cual, sintiendo la caricia de luz, miraba primero á la mesa, y hacía, al fin, que esta mirada rebotase hacia el rostro de Madalén. Andrés debió de notar lo que pasaba, porque frunció las cejas y se puso de pronto muy serio. Afortunadamente, el entusiasta Chominachn empezó á contar el lance de Eibar, y como lo narraba con tal calor, preciso fué corresponder atentamente á su relato. -Era, decía á Zubieta, cuando el Azpeitiano te llevaba diez tantos de ventaja; todos apostaban á su favor, creyendo segura la ganancia; yo me levanté, y poniéndome las manos para formar bocina, ¡Veinte contra seis por Zubieta! grité, y volví á sentarme muy tranquilo. No te puedes imaginar el alboroto que se armó. Me llamaban loso; el cura de Olarte se puso muy incomodado conmigo, y creo que dijo desdeñosamente: ¡Ese imbécil! Pero ¿quién tenía razón? ¡Pues ya se vio al fin del partido! Ahí tengo guardados los seis duros que gané, y que no los cambiaría aunque me hiciesen falta para que comiéramos en casa. Y á mí que no me digan; jugador como tú no hay ninguno: ni éste, dijo señalando á Celaya; y ¡cuidado que vale! pero ¿y tu brazo, y tus largas, y tus holeas, y tus cortadas, que sale la pelota ¡zas! como una bala, que no se la ve? ¡sí, como no te la resten! ¡Caramba, no sé si va á ser dinero el que traigas de América! Por ti se puede apostar veinte contra seis aunque te lleve el contrario quince tantos de ventaja y le falten cinco para acabar; por otro, eso sería hacer un disparate; ¡pero por ti! Ahí tengo los seis duros del cura de Olarte, que fué el que me llamó imbécil. Andrés sonreía oyendo á Chominachu, y Celaya, ni envidioso ni incomodado, apoyaba con su mirada las frases del viejo. Entre aquellos dos jóvenes, ya famosos en los frontones, había una notable diferencia física. Andrés Zubieta era el tipo de la fuerza; José Félix Celaya, de la agilidad; tenía aquél anchísimo pecho, poderosos brazos, alta estatura, facciones como de busto romano; Celaya parecía y era casi un niño, más bajo que Zubieta, menos ancho de hombros, más esbelto, más delgado, más elegante de formas y movimientos. Zubieta tenía la fuerza y la seguridad de Blicegui, actual jugador; Celaya, la agilidad del Chiquito de Eibar y su travesura. Representantes de las dos distintas castas ó especies de jugadores, en Zubieta la naturaleza vaKa más que el arte, en Celaya el arte más que la naturaleza; el uno era fuerte y el otro hábil; aquél no se rendía nunca; éste, rendido, hacia jugadas de maestro. Muy cerca de las nueve de la noche salieron todos de la sidrería, y al quedarse solos los dos pelotaris, camino de sus casas: -He venido, le dijo Zubieta á Celaya, á desafiarte; no quiero ir á América sin ver si puedes también conmigo. -Cuando te vi, me figuré que á eso vendrías, contestó Celaya; arreglaremos como quieras el partido. -Te doy la ventaja del frontón, pues jugaremos en éste de Arizgorta, que tanto conoces; las demás, elige: ¿pala, guante, ó cesta? -Guante. -Bueno; á 40 tantos, el domingo á las diez. Y ahora, contéstame á una cosa: ¿tú tienes algo con Madalén? -No; formalmente nada. ¿Pero la quieres? -También yo. No sé si ella te correspondería á ti ó si me correspondería á mi; pero ya ves que te hablo con franqueza; si tú, hoy por hoy, tienes con ella alguna ventaja, yo tengo la ventaja del padre, que está, seguramente, á mi favor. Pues mira lo que te propongo: no jugaremos dinero en el partido, sino lo siguiente: el que pierda, no vuelve á acordarse de Madalén, y le deja al otro el campo libre; ¿aceptas? Celaya reflexionó un instante y luego dijo: ¡Sil- -Pues convenido. Se estrecharon la mane, y Zubieta se dirigió hacia la posada. La mañana estaba hermosa, aunque hacía bastante calor; el sol doraba á fuego la arena del eslías, ó sea del terreno dentro del que tiene que realizarse el juego, y la proyección de sombra del tendido se acusaba fuertemente sobre el espacio que media entre el público y la línea legal, fuera de la que no puede caer la pelota sin resultar aZía. Sentados ya los tres jueces en sus respectivos y prefijados puestos, aparecieron en el frontón Zubieta y Celaya, ambos sin más ropa sobre su cuerpo que la camisa, pantalones blancos de dril y alpargatas también blancas; Zubieta llevaba la boina encarnada y faja de seda del mismo color; Celaya boina y faja de seda azul. El hormiguero humano del tendido les saludó con gritos y aplausos. Zubieta y Celaya, que parecían dos hermanos de aproximada, aunque distinta edad, se sonrieron, y como el segundo hiciera esfuerzos inútiles con la mano izquierda para atar con fuerte nudo la correa de su guante, Zubieta se le acercó, diciéndole: ¡Deja! y un instante después el nado estaba hecho. Echaron los jueces una moneda al aire para ver á quién correspondía el saq a- B, siendo cara por Celaya y cruz por Zubieta; resultó cruz. El partido emoezaba; el público calló de pronto; ¡Juegol dijo Zubieta; ¡Venga! respondió Celaya; sonó el primer pelotazo sobre el frontón; ¿quién vencería? Los primeros tantos no despertaron grandes emociones; los dos pelotaris jugaban con más desconfianza que entusiasmo; estudiábanse recíprocamente, reservando sus fuerzas; Zubieta, tranquilo y aplomado; Celaya, algo nervioso, pero fresco. Cambiaron repetidas veces de pelota, buscando una muy viva. El público seguía con interés el juego, pero sin comentar mucho las jugadas. Zubieta tenía doce tantos y Celaya diez. ¡Juego! dijo el primero con voz ronca y empezando á inundarse de sudor. Celaya recobró rápidamente su puesto; con aquel tanto comenzó la verdadera lucha. De los tendidos salían á veces gritos de ¡Doce duros por Celaya! ¡Cinco por Zubieta! ¡Seis por Arizgorta! ¡Nueve por Lasartel (pueblo de Zubieta) después se hacía otra vez el silencio, oyéndose únicamente en medio de él el golpe seco, duro, sin vibraciones, como de un balazo, de la pelota sobre el frontón, su silbido al cruzar el aire y su bote en el suelo, pero con tal rapidez, que el bote, dado á más de treinta metros de la pared, parecía un eco inmediato del choque de la pelota sobre ella. Ya el esfuerzo físico y el calor del sol desbordaban ríos de sudor del cuerpo de los pelotaris; la tela de la camisa se pegaba á sus troncos, transparentando el sonrosado de la carne; la hercúlea musculatura de Zubieta marcaba fuertes lineas sobre el lienzo, y cada tensión de su brazo levantaba en la manga de B camisa una oleada blanca, debajo de la cual vibraba la U fuerza. Celaya, rápido, ágil, nervioso, corría á alcanzar la. pelota, arrojada por su contrario á grandes distancias, como si le naciesen alas á cada movimiento; y aunque y a la fatiga empezaba á apoderarse de su pecho, no por ello dejaba de sonreír, ni se borraba de sus ojos una expresión de alegre confianza. Imposible me seria pintar las inesperadas, las rápidas, las cambiantes actitudes de los dos jugadores; milagros de estética, prodigios de movilidad que nadie sospecharía en cuerpos humanos, y siempre resultaban armónicas las posturas, airosos movimientos, dignificada la varonil figura. El público seguía con interés creciente los lances de las jugadas, señalando con un ¡ah! su terminación, lanzando en lo más empeñado del co i bate un animoso grito de aurrerál ¡adelante! que redoblaba el afán de loa pelotaris. A veces, á los gritos de los hombres se mezclaban voces femeninas, y á la lucha física de los jugadores respondía la lucha moral de la emoción del público; ¡y era muy hermoso todo esto, bajo aquella atmósfera de fuego, más encendida aún por el aliento humano, más abrasadora todavía por el afán del combate, por la ansiedad de los espectadoresl Celaya comenzaba á rendirse; su pecho era un horno, sus ojos perdían claridad y brillo, sus movimientos rapidez y gentileza; el público lo notaba, el público lo sabía; sus partidarios callaban, los de Zubieta proferían ya palabras de triunfo. Treinta y cuatro tantos tenía éste, por veintiséis aquél; surgió una jugada dudosa, y mientras los jueces la resolvían, Celaya se apoyó contra la pared del frontón; sintió la boca llena de un sabor acre de sangre y ansias de vomitar; inclinó la cabeza y salió de su boca una copiosa saliva sanguinolenta que ennegreció, al caer, la piedra del suelo; rápida palidez cubrió su rostro, y el sudor se cuajó helado en todo su cuerpo. ¡Madre mía! exclamó el infeliz, cerrando los ojos. El publico callaba, esperando la decisión de los jueces; el partido podía considerarse ya ganado por Zubieta, Cundió por toda la villa, sus caseríos y pueblos comarcanos la noticia del gran partido, y tal fué la afluencia de forasteros que hubo el domingo en Arizgorta, que los más viejos de la villa nó se acordaban de haber visto nunca en las estrechas calles gentío como aquél. Habíase improvisado en el modesto frontón un tendido de tablas para el público, y mucho antes de las diez era imposible conseguir en él ni un pequeño hueco.