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¡VEINTE CONTRA SEIS! CUENTO Acababan de tocar el Ángelus las campanas de la iglesia, cuando entró el famoso pelotari Andrés Zubieta en la sidrería de Chominachu. Estaba ya lo bastante obscuro para que Andrés vacilara, sin saber por dónde dirigirse, para salvar su cuerpo de mepas y bancos; afortunadamente, antes de que aquel héroe de los frontones diera tropezón algano, en lo hondo de la sidrería se encendió la luz de un fósforo, y á sus resplandores pudo ver el fornido jugador de pelota media cara de mujer, un brazo y un candil. Pronto empezó á arder la torcida de éste, chisporroteando y como de mala gana; pero su luz fué suíioiente para que Andrés reconstituyera la figura de mujer que había visto antes promediada de claridad y sombra, por lo que, llegándose á ella, dijo sin titubear: -Buenas noches, Madalén. Alzó el candil la muchacha, joven como de dieciocho años, rubia lo mismo que el oro, con risueña boca y expresivos ojos verdes; alzó el candil, repito, é iluminando con su soñolienta luz la cara del recién llegado, exclamó: ¡Jesús, María y José! ¡Eres tú! Todos te creímos camino de América. -A América iré, respondió Andrés, y el 4 del que viene me embarco; pero no quiero marcharme sin despedirme de los amigos que tengo en Arizgorta, y esta tarde he llegado en el coche- correo. Ya ves, mi primera visita es para ti. ¡Cuánto se va á alegrar mi padre de verte! exclamó Madalén, ó Magdalena. Para él no hay otro jugador de pelota que valga tanto como tú. -Bueno, eso sería antes, dijo Andrés; pero desde que ha salido en este pueblo Jos -empezado á jugar y ya gana padre estará también por él. -Les esperaré á los dos. ¿Qaieree traerme un jarro de sidra? -Al momento, Andrés. Y dirigiéndose la gentil muchacha á una de las seis inmensas cubas que, asentadas sobre grandes zócalos de madera, ocupaban todo un lienzo de habitición, dio vuelta á la llave de la espita, y empezó á caer un hilo de sidra en el jarro, previamente abocado para recibirla. El ruido de la sidra, al caer, despertó á un hermoso gato que dormía sobre la cuba, el cual, asomando por encima su cabecilla curiosa, contempló á vista de pájaro aquella dorada hebra que iba llenando la ancha barriga del jarro. ¡Ya están ahí! dijo Madalén á Andrés. Y era cierto, porque se abrió la puerta y entraron el regordete Chominachu, dueño de la sidrería; el jovenzuelo Celaya, famoso pelotari, y tres ó cuatro más, admiradores de éste, amigos de aquél, y más amigos aún de la inofensiva sidra. Chominachu, dando muestras de verdadero contento, estrechó la mano de Andrés, repicando largamente con ella, como á gloria, antes de soltarla. Saludáronle también los demás, y especialmente Celaya, que no por rival en juego le regateaba su simpatía. Sentados ya en torno de una mesa, trabaron larga y sabrosa conversación sobre partidos y jugadas, saliendo allá todo ese tecnicismo de boleas, reveses, sotamanos y demás frasts del arte. Madalén hacía media á la luz del candil, moviendo con ner- -No, no lo creas, dijo la i jurara que lo dijo poniéndose mi padre tú eies siempre el i ya será el segundo, tal ve: primero. Algo iba Andrés á contestar; mas cambiando brusca y manifiestamente de in- tención, preguntó: -Y Celaya, ¿suele venir por aqui? -Sí, todas las noches; no tardará mucho; vendrá probable, mente con mi padre. viosa mano las agujas, y fijando, al parecer, toda su atención en la rapidísima y concienzuda obra.