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142 -Vamos, Miñano, ¿qué aignifica esa cruz? le interrogué de nuevo. Debe de ser cosa seria, cuando un hombre de tu temple pierde asila serenidad Y dándole una palmada en el hombro, me senté Junto á la cruz, dispuesto á escuchar su relación. Pasóse la mano por la frente, como quien quiere traer á la memoria todos los datos de algo muy grave, y después de liar un cigarrillo me habló en estos términos: -Tocaba ya á su fin la guerra carlista, y era este paraje teatro de recia batalla, cuando advertido el general de que atrincherados los carlistas en esta altura vomitiban nubes de plomo sobre las tropas del llano, causando numerosas bajas, mandó un oficial de Estado Mayor con la orden terminante de que cargaran á la bayoneta dos compañías hasta conseguir que los carlistas desalojasen la trinchera, cuyo vértice estaba emplazado ea el mismo punto donde ahora se levanta esa cruz solitaria Las dos compañías que debían cargar pertenecían al regimiento de Covadonga, en cuyas filas servía yo entonce? y el capitán más antiguo era un joven, valiente entre los valientes, tan severo en los días de combate como afable v cariñoso para los suyos en los días de paz. Todavía me parece estar viéndole, mascando un chicote, impasible á las balas, acudiendo á las guerrillas para infundir valor á los soldados, y castigando con su sable al primero que volvía la cabeza á retaguardia. ¡Hombres como aquél hay pocosl Pero no adelantemos los acontecimientos. Apenas recibida la orden del general, se puso nuestro capitán á la cabeza y cargamos como leones ¡Todo inütill Tres ó cuatro descargas cerradas, la última casi á boca de jarro, diezmaron las compafilus, y entrando el terror en nuestros folrtados, huyeron á la desbandada. Solo el capitán con algunos fieles... ¿Era usted uno de ellos? le interrumpí. -Puedo afirmarlo con orgullo, contestó. Y sus ojos relampaguearon como si la acción se reprodujese. Solo el capitán, según decía, en medio de la ladera, vaciló un instante. Sin duda cruzó por su mente la idea de que atacásemos l a trinchera; pero esto no era posible; hubiese sido caminar á una derrota segura, y nuestro capitán reunía al valor de los héroes la serenidad de los grandes hombres. Asi, que dirigiendo una mirada terrible hacia la trinchera, lanzó una interjección formidable y descendió hasta el llano, sin que apenas pudiéramos seguirle. Lo que allí sucedió no es fácil de relatar. Én menos tiempo que tardo yo en contarlo, repartió tajos y mandobles á diestro y siniestro; su voz fué un torrente de imprecaciones lanzadas contra aquellos cobardes, y cuando logró imponerse, reunieado la tropa dispersa, ordenó á los oficiales que custodiasen la retaguardia revólver en mano, y cargó de nuevo, ebrio de furor, sin que todos esos peñascos que ve usted ahora á la derecha recibiesen apenas la huella de sus pies. ¡Tal era el ardor con que acometía! No habla remedio. Para salvarse era preciso ganar la trinchera: delante el fuego del enemigo; detrás los bravos oficiales, que disparaban sin compasión pobre los rehacios. De este modo, aquella manada de hombres, conducida como un rebaño, caminaba entre el plomo y el humo, destacándose siempre en primer término la bizarra figura del capitán Anduiza, que tal era el apellido de aquel hombre extraordinario. De pronto, cuando ya nuestras bayonetas casi tocaban las piedras de la trinchera, cesó el fuego de ésta, y rápido como una exhalación saltó un hombre que, poniéndose delante del capitán Anduiza, gritó con voz tan sonora que todos lo oímos perfectamente: í ¡Santiago! 5 ¡Alto! gritó también An dulza; y nos detuvimos mudos de asombro. ¡Ríndete, por los clavos de Cristo! exclamó nuestro capitán di- rigiéndose al carlista. ¡Antes lamuertel contestó éste; y adelantó su s a b l e p o n i é n d o s e en guardia. Después se oyó el cho que de cuerpo contra cuerpo, el crujir de las bayonetas, juramentos, ayes de dolor, y todo mezclado con olor de carne humana y envuelto en espesa nube de humo v polvo. Los carlistas resistieron con valor el empuje de los nuestros, y sólo disputándoles el terreno pulgada á pulgada pudimos