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EL CAPITÁN ANDUIZA Es costumbre mía de todos los años, y allá por la época en que el sol nos manda sus rayos perpendiculares, abandonar la corte para buscar tranquilidad y frescura en las más empinadas crestas de la región cantábrica. Hace seis años verifiqué una excursión á pie por aquellos vericuetos acompañado de un alavés ya entrado en años y vecino de tales comarcas desde la última guerra civil, en la que había servido como volu i I i 1 Covadonga, leal á nuestro gobierno y hostil á la causa del pretendiente Mifiano, que así se llamaba mi acompañante, era hombre recio de cui rena, ó más bien tostada y curtida, como persona acostumbrada á vivir trabajos. Llevábamos ya algunas horas de andar y empezaba á decaer la con por efecto del cansancio (el mío, se entiende, pues el buen alavés era fu (un roble) cuando en una revuelta del atajo que conduce de Brmua á I llamó mi atención una cruz de hierro enmohecida por el tiempo y ene borde mismo de rápida y desigual pendiente. -Miñano, ¿qué significa esa cruz? pregunté á mi acompañante. ¡Cómo! me respondió. Usted, que conoce palmo á palmo este ter ha reparado nunca en esa cruz ni ha oído hablar del capitán Anduizí Al pronunciar este nombre, diríase que el soldado de Covadonga había do rumor de guerra, según lo erguido que se puso y el tinte sombrío q rieron sus facciones. -I Ahí El capitán Anduizal repitió, como hablando consigo mismo. Y obedeciendo sin duda á un movimiento instintivo, se llevó la mano á la cabeza, ladeándose la boina militar. No se necesitababa vista de lince para observar que las pupilas de aquel hombre se dilataron, y brilló en sus ojos una lágrima, que á punto de caer fué absorbida por un brusco movimiento da los párpados, yendo á verterse en el corazón de aquel guerrero, que procuraba inútilmente disimular la honda emoción sentida.