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137 -Muchacho, baja á la calle y trae tres ó cuatro piedras; vamos á ver, ama, déme usted una tartera. Colocó la tartera al fuego, lavó con gran cuidado las cuatro piedras que el muchacho había subido, y, echándolas en la tartera, dijo al ama: -Misté, patrona, se precisan unas gotitas de aceite, porque si no se va á requemar la tartera. La patrona cogió la aceitera y vertió una regular cantidad del contenido, para que no la tacharan de miserable. ¡Listos, muchachosl gritó el soldado; ahora hace falta un puñado de sal y un poco de pimiento. Si alguna de estas retrecheras mozas trajera también un poco de arroz, saldría mejor la sopa. -Yoy corriendo por ello, que lo hay en mi casa, dijo una de ojos negros como el azabache. -Pus tampoco estarían de más, replicó Garduña, unas rajitas de jamón. Si vieran ustées cómo se ablandan las piedras con el salao del jamón I- -Yo lo traeré, que precisamente me lo regaló el otro día el señor cura, y es añejo y de lo bueno. Después de haber tenido la tartera al fuego durante unos quince minutos, pidió Garduña á la patrona pan y una bota de vino, pues la sopa de piedras que hacían los melitares en campaña era indigesta y necesitaba mojarse con algo que no fuera agua. -Ya está para comer, dijo el asistente. Y comenzó á engullir el arroz y el jamón, aderezándolos con pan y muchos tragos. Terminó al fin, y viendo los espectadores que el soldado se lo había comido todo menos las piedras, le preguntaron: ¿Y las piedras? -Toma, esas no me las he comió, porque quiero que les sirvan á ustées para hacer otra sopa. Y Pepe Garduña, con el estómago repleto y dejándolos á todos con un palmo de boca abierta, prosigiíió su marcha hacia el pueblo de X más alegre que unas Pascuas. J R DE LA V E G A (DIBUJOS DK A L B E R T I)