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UNA REVOLUCIÓN EN EL DIBUJO Tengo el gusto de presentar á ustedes á mi tío: sionales, y nos rogó que esperásemos un poco. El cuadro que se desarrolló á mi vista era tentador, y lo reproduje estenográficamente. Helo aquí: ¿Que no ven ustedes nada? No me sorprende. Antes de ser yo ungido artista, sudaba la gota gorda cada vez que en el estudio de un pintor se me pedía mi juicio sobre una mancha, un esbozo, una impresión, ó cualquiera de esas abreviaturas embrionarias que sólo entiende el que las hace. Más de una vez ha resultado ser un obispo un chafarrinón morado que á mí me pacía una berenjena puesta de punta, porque, para el que sólo mira con los ojos, en un boceto lo mismo hay una catedral que un puesto de hortalizas, y tanto monta para él que se lo pongan cabeza arriba como cabeza abajo. Cree bajo palabra, y aplaude á crédito. Pues sí, señor; éste es mi tío, canónigo penitenciario, visto de perfil, tal y como después de un almuerzo se me puso delante de mi mesa, con las manos metidas en las aberturas de a sotana, el obligado gorro de terciopelo en la cabeza, los pies cómodamente calzados y su breva de Partagás en la boca. ¿Le van encontrando ustedes ya algún parecido? -No se mueva usted, le dije, que voy á hacerle su retrato. Y me salió eso, que fué una revelación para mí; porque sustituir la línea desconocida con la numeración hecha, era reemplazar el boceto con la taquigrafía del dibujo. Toda una revolución en el arte gráfico. Presa de esta obsesión, me fui con mi tío á dar un recado á un antiguo criado suyo que estaba de practicante en el hospital de la Princesa, y durante el trayecto yo no hice más que tomar apuntes, porque en cada objeto veía un número: si un palomo cruzaba la oalle andando con esa solemnidad olímpica peculiar de la raza, en su cabeza en arco y en su buche salido encontraba yo al instante la cifra propia del movimiento, f erbi- gratia: ¿No? Si repito que no me extraña el que al pronto no se den ustedes cuenta de ello; pero fíjense ustedes, entornen los ojos, establezcan la distancia preceptiva, y ¡vamos! no se puede negar que ahí hay un enfermo recibiendo del practicante uno de esos medicamentos que se propinan á traición. Y ahora que ya van ustedes iniciándose en mi sistema, voy á exhibirles algunos apuntes en los que, merced á nuevas combinaciones matemáticas, verán dilatarse los horizontes de mi obra revolucionaria. Empecemos por un ordinal: Q Cualquiera lee en esa cifra séptimo; pero en cuanto yo explique que se trata de una suerte tauromáquica, apuesto á que todos ustedes gritan á coro: -Eso es un banderillero de perfil citando á la fiera. Y efectivamente, no le falta ni la moña. Pues bien; sin salir de la plaza, y con sólo meternos en los quebrados, tendremos uno de los episodios más patéticos de la lidia. Ejemplo: Por fin llegamos á la Clínica. El hombre que buscábamos estaba en el ejercicio de sus funciones profe- J