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ESPAÑOLES ILUSTRES DON FRANCISCO ASENJO BARBÍER! Con fúnebre motivo abrimos nuestro niímero actual, y con triste ritornello de ese motivo fúnebre lo cerramos. La forzosa lentitud, de nuestra tirada y de los procedimientos de reproducción que empleamos, no nos conceden tiempo ni lugar mayores; mas esta nota, trazada á vuela pluma, tendrá en nuestro próximo número el debido desarrollo con un artículo de nuestro querido colaborador Sr. Peña y Goñi, acompañado con vistas fotográficas tomadas en el entierro del autor ilustre de El barberillo de Lavapiés. Barbieri, el más español de nuestros compositores, era también ua verdadero literato, competentísimo en materias de erudición musical, profundo conocedor de la música popular española en todas sus épocas y escritor amenísimo como pocos. Con Arrieta, Oudrid y Gaztambide dio eterna gloria nacional al teatro lírico en aquellos días de perdurable gloria en que la zarzuela española quedó fundada gracias á la iniciativa poderosa de dichos músicos ilustres por un lado y de los libretistas nacionales por otro: Ventura de la Vega, Serra, Olona, Eguíkz, Camprodón y tantos otros. La prensa diaria lia dado con toda extensión datos biográficos de Barbieri. Los comienzos do su vida artística fueron laboriosos y penosísimos. Arrastrado al arte por irresistible vocación, abandonó la carrera de ingeniero y prefirió á la vida sedentaria de estudiante la accidentada de la milicia, sentando plaza de músico en una banda militar. Sucesivamente fué copista de música, corista de zarzuela, actor y empresario de compañías ambulantes. En 1850 estrenó Gloria y peluca, y, ya por el camino de la gloria, son infinitos los lauros conquistados por el eminente compositor. Jugar con fi: ego. Pan y toros. El barberillo de iMvapiés, La conquista de Madrid, Los diamantes de la corona. El relámpago, Sufños de oro, y tantas y tantas obras que son todavía y serán de repertorio siempre, aseguran la eternidad al nombre 3 e. Barbieri, el compositor meritísimo que pudo codearse á un tiempo con el pueblo y con la Academia sin que ésta pudiera tildarlo de vulgar ni aquél de estirado. LA KEDACCIÓN