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mi tierra Todos comprendeían, después de oir este viva, que mi tierra no puede sei otra que la ciudad de la Giralda, la de la celebrada t ramosa Catedral, la de la admirable Semana Santa, la de la alegre y renombrada Feria del mes de Abril, la de los ruidosos Pasajes y Colmados, y la de la Venta de Eritaña: la propia Sevilla. Vino un ministro de Fomento (no diré el nombre ni el año, para no señalar) y suprimió la Facultad de Ciencias en las Universidades de Valencia, Zaragoza, Granada y Sevilla. Porque él diría: ¿Para qué sirve la Facultad de Ciencias? Para matemáticas sublimes, basta con las que enseña el Gobierno en los presupuestos durante el curso económico; para Química, con la que practican los peluqueros, los productores y almacenistas de bebidas y comestibles; y para Historia Natural y Física, con las de aquellas buenas mozas, las cuales, sean ó no de historia, tienen muy buen natural y UTÍfísico de rechupete. Alborotáronse valencianos, aragoneses y granadinos, pero aquietáronse muy luego; no así los sevillanos, los cuales, congregados en patrióticas reuniones, acordaron fundar con sus propios recursos, para dar remoquete al ministro, una Universidad ó Escuela donde se diese la enseñanza teórica y práctica de la única ciencia española, del arte nacional genuino: del TOKKO; carrera que no figura en los manuales, y es la más pródiga de palmas y pesetas para los estudiantes que llegan á tomar el título. Y poniendo manos á la obra, se formó una sociedad coa su reglamento correspondiente, se construyó la plaza y se creó la ESCUELA TAURINA, que se inauguró con el mayor entusiasmo el día 1. de Julio de 1893. Fecha gloriosa y digna de ser inmortalizada en bronces y mármoles! No era esto, ciertamente, una novedad, porque ya á fines del siglo anterior y principios del que corre á sus fines abrió escuela particular de tauromaquia el aplaudido diestro D. Pedro Eomero, y en el año de 1880 gozó Sevilla el envidiable privilegio de que el Estado, por real decreto de 28 de Mayo, la agraciase con una Escuela oficial ó Real colegio de Tauromaquia á petición del conde de la Estrella, quien había presentado una luminosa Memoria, acerca de la necesidad y utilidad de su establecimiento, al Gobierno del rey absoluto, de Fernando V I I reintegrado en la plenitud de sus derechos, como decían los realistas. Nombróse protector y juez privativo de la Escuela al Asistente de Sevilla D. José Manuel de Arjona. y fué dotada de un maestro primero con 12.000 reales, otro segundo, ó ayudante, con 8.000, y diez discípulos propietarios con 2.000 reales cada uno de sueldo al año, fijándose además 6.000 reales anuales para alquiler de casa y 20.000 por año para gratificaciones y gastos imprevistos: en junto 60.000 reales. Los ingresos que se arbitraron para la Escuela fueron los siguientes: las ciudades donde hubiera Maestranzas contribuían con 200 reales por cada corrida de toros; aquellas