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118 orden del señor alcalde, siempre enemigo de que se ponga en solfa á la autoridad. Y que el coro de la murmuración fué interpretado por Selika, Amina, Quernbini y Giuaepini, reforzados por la pareja de la Guardia civil. El segundo coadro, que realmente no lo fué porque no hubo mutacióa, resultó mucho más notable. ¡Había que ver al maestro de escuela vestido de molusco de La Africana, mostrando sus e ca tosperoneses j hablando el propio italiano que hablan en Pontevedra para andar por los floridos valles 1 á ustedes, porque desde luego tomarían por inverosímil 3 exagerado lo que real y efectivamente vieron mis ojos. Los indígenas de Valderredaños no comprendían el sentido de las frases chistosas que esmaltan la zarzuela, pero se deleitaban con las contorsiones del usurero y con el hipo de la sacristana con las pantorrillas oblicuas del maestro y con las morcillas de Vasco de Gama (ó Frasco de Goma, como le llamaba mi amigo el secretario, hombre que brilla por su ingenio agudísimo, sobre todo en cuanto anochece) Y qué modo de cantar el de aquellos bárbaros I A mí que no me digan: Selika llevaba un circo gallistico en las cerca- Había que ver, y que oir, á la chica del juez haciendo de Selika, con un refajo amarillo, una manteleta verde y unos zorros atados á la cabeza! Pues ij el tenor? Interpretábalo un mozo de muías, tuerto, de voz aguardentosa y traje indefinible, compuesto de pantalón corto con sus correspondientes cuchillos, zapatillas de torear, camiseta encarnada, sombrero de teja y escopeta de dos cañones. La madre del tenor era la esposa del sacristán, que, atacada constantemente de un hipo insufrible, no se dejaba entender del publico ni á tiros. El papel de hija de Querublni estaba encomendado al ama del cura, mujer de cortos alcances, pero de tan largos colmillos, que cada vez que movía la cabeza se le enganchaban en la embocadura. Se había puesto el trajecito que treinta y dos años antes llevó á la primera comunión, y estaba capaz de inspirar amor volcánico á los propios mojones de la próxima carretera. Por último, el gran sacerdote de la obra era el gran usurero del pueblo: un tío que presta al treinta por ciento mensual y hace los papeles de barba, cosa fácil para él, puesto que ha sido barbero durante muchos años. De otros peregrinos detalles de la función no sé qué decir nías del tragadero, paro en su natural modestia no lo quería confesar. lío eran notas lo que lanzaba, sino berridos mayúsculos capaces de asustar al mismo capitán Ariza. Por cierto que el célebre dúo no fué dúo, sino terceto, porque en el corral inmediato al teatro había un choto imberbe que, presintiendo su fin cercano, daba quejas al viento, sin conseguir la llegada del indulto. ¿Y ustedes saben en qué consistía la decoración del cuadro tercero? En unas cuantas estampas de La Lidia pegadas á la pared d e! fondo. El efecto era sorprendente, y no lo era menos el ver cómo en las últimas escenas bajaba y subía un telón formado por cinco talegos unidos entre sí. Próxima ya la terminación de la obra, el alguacil del pueblo se presentó convulso y desencajado en la platea y comenzó á dar voces diciendo que la seña alcaldesa estaba expirando, lo cual bastó para que los artistas, parientes unos y amigos otros de la víctima, dejasen la escena precipitadamente, y sin variar de vestimenta corrieran á casa del alcalde, y tras ellos todos los espectadores. Así acabó la función del culiseo.