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Adonde algún Dios le gni i 1 el viento de la tormenta; cuando por jardines pasa, bien detenerse quisiera. Mas ¡ay! en vano á los lirios ciñe, se adhiere y rodea, pues al ñu sigue gimiendo sin qne detenerse pueda. ¡Párate! la flor murmnra: duerme en mi seno tus penasl ¡deten nn punto tu marcha vertiginosa y siniestra! Yo no soy, como me juzgan, muda, insensible y soberbia; bajo mis pálidas hojas del verano arde la hoguera. Deten tns giros crueles qne alncinan y atormentan, y siento qne, hecho suspiros, el corazón s 6 me llevan. Tú, que no tienes raices como las qne me sujetan, pues viniste á acariciarme, responde: ¿por qné te alejas? Y á la flor el viento dice: -Marcho como un alma en pena, de la angustia ó del capricho sufriendo la ley severa. ¿Ves aquella nube grande? 0 ¡tues aguarda á mi fiereza para que dé forma y vida B 1 caos que palpita en ella! -Parte y vuelve; sabré amarte y aguardar con impaciencia. ¡Pero vuelve en cnanto cesen las lluvias y la tormenta! Y en este sitio, esta noche, me uniré á ti cuando vuelvas, sin que tú dejes el cielo, sin que deje yo la tierra. -Volveré, dice él, y parte con esperanza y tristeza, y un punto la flor vacila para reponer sus fuerzas. Cuando el fresco de la noche desvaneció la tormenta, ni de la flor ni del viento quedaba rastro en la tierra. EicABDO J. CATAEINEU