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ARRIETA QDAS cuantas veces le preguntaban dónde- vivía, contestaba siempre: -En la que se armó, número 8, segundo izquierda, tiene usted pu casa. Desde la muerte de Ayala habíase quedado solo en la calle de San Quintín, y allí había dado fondo para siempre, decidido á respirar aquel ambiente de cariño fraternal en que inhalaba á I Adelardo á todas horas y en todas partes. Dormía en la misma cama y en la misma alcoba en que el I poeta se apagó, y la existencia del músico dentro de la casa era una autosugestión de todos los instantes, la ilusión perpeVtua de Ayala, en cuyo recuerdo había reconcentrado todas las raerzas del espíritu. Estaba fuerte, estaba bueno, comía mucho, digería bien, trabajaba con ardor y vegetaba así fácilmente en una especie de penumbra social que le encantaba. Adivinábase que era carne de congestión en la facilidad con que se quedaba dormido á cualquier hora. Por cierto que una de sus preocupaciones consistía en disimular que se dormía delante de la gente, para lo cual había hallado dos palabras que casaban perfectamente con cualquiera conversación. Las palabras eran: ¡Es claro! Y ¡es claro! cuantas veces las pronunciaba al despertar en medio de cualquier coloquio, creían todos que el maestro escuchaba con los ojos cerrados, pero sin dormirse. Lo malo era que más de una vez despertaba don Emilio en medio de un profundo silencio, y decía i el sacramental ¡Es claro! cuando nadie había áhiefto la bocar lJeBilI 3 a des dé Tiffie coquetón, de las cuales tuvo muchas! Hace dos años, el día 6 de Febrero, sufrió un ataque de parálisis que lo tuvo á las puertas de la muerte. Se salvó, pero á medias. El cuerpo quedó pesado y torpe, privado casi de movimiento. No quiso abdicar y, dando muestras de una fuerza de vpluniad extraordinaria, siguió arrastrando la existencia más que viviendo, llevado poco menos que en brazos cuando salía á pie, pero agarrado á la dirección del Conservatorio, al cual asistía con frecuencia y peleando á brazo partido con la última hora, que le acechaba sin piedad. ¡En estos dos últimos años de la vida de Arrieta, el desventurado debió de acordarse muchas veces de la espantosa soledad de Conszielo y pedir á la memoria de Ayala fuerzas para sobrellevar la tristísima situación en que ciertos acontecimientos de índole privada le habían colocado! El día 6 del actual, á los dos años justos del primer ataque, sufrió el segundo, del cual apenas se enteró la gente. Cayó de nuevo para no levantarse más, y el 11, á launa y cuarto de la madrugada, cerró para siempre los ojos. Nadie ha recordado, ¡qué pronto se olvida todo en este fin de siglo lamentable! la memorable noche del 5 de Diciembre de 1883. Aquella noche el teatro de Apolo fué templo de la gloria de Arrieta. Tuve la fortuna, aprove-