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UN DÍA EN MARRUECOS IMPEESIONES MORUNAS Conste que yo también he estado en Marruecos, como los chicos de la prensa que van para notables. Sí, señores, he pisado la empedrada alfombra de sus calles, con grave detrimento de úiis callos, y, como cada hijo de vecino, me creo obligado á dar cuenta de mis impresiones. Lo primero que hice fué preguntar á un morito tuerto que me servia de guía: -Oye, ¿sabes t ú algo de Martínez? -líi esteres poudióme mordiéndose una uKa bastante sucia; ílpero si quieres usté comprar b a b u c h a s amarillas, yo sé dónde venderlas. Para que vean ustedes lo que se cuidan de política los cicerone! Mas volvamos á Marruecos, á esa ciudad que nos cantarán en mil tonos los periodistas que en ella han estado ahora. Dicen que allí hay moras bonitas. Yo sólo he visto una especie de sacos que andan dando zancadas, como las cigüeñas, sa eos con dos agujeros en la parte superior. Asegúrase que dentro de ellos hay moritas jóvenes y recatadas que pasan como de matute. Me f u é imposible cerciorarme de ello. Y eso que me acerqué á uno de tales bultos murmurando: í- -Señora, ó lo que usted sea: ¿me hace el obsequio de desentrapajarse el rostro por un segundo, para tomar apuntes? Pero el bulto apretó el paso, no sin soltar antes unas cuantas jotas bastante inarmónicas. Porque allí se abusa mucho de la jota. Y eso que nadie la baila. Todas las palabras árabes suenan de igual modo. Parece que aquella gente sólo habla de diversiones: de jaleos, jerigonzas y del Jai- Alai. En Marruecos sólo hay algunas calles malísimas. Las restantes son mucho peores. Hay que andar por ellas con balancín. -Esta calle es antiquísima, decía mi tuerto, mientras se asía de mis solapas para que ambos no rodásemos por una cuesta horrible. -Sí, repliqué. Aquí debe ser donde Cristo dio las tres voces. En el Zoco, algo así como mercado, distinguí más de treinta bultos, al parecer inmóviles y rubios. Creí que serían las estatuas yacentes de otros tantos concejales del país; pero luego resultaron ser camellos de ambos sexos. Estaban arrodillados con esa gravedad cómica que tanto les distingue, y por su postura y por observar después que todos movían el belfo, se me antojó que recitaban para sus adentros algún versículo del Corán. No era asi, y perdone Mahoma. Para eso existen varias mezquitas en la ciudad, donde cantan los devotos, á coro destemplado, tres veces al día. También v a g a b a p o r aquel sitio un santón, ostentando en el pecho hojas de lata, rosarios, alfileteros, vidrios, cuernos, cascabeles, castañuelas, bridas, y cuanto pueda vmagirvar la humana fantasía. El resto de su ajuar pendía de un garrote.