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104 11 ¡Dios mío, yo no sé qné de extraño advierto en mi marido desde hace una semana, que me da miedo! ¡Me espanta su asiduidad! ¡Y esta noche le arden las manos! Con qué acento me ha dicho: ¿No te pones la pulsera del conde? ¿Sahe algo? ¡Qué angustia tan horrible! ¡Miserable! No, la vida es poco. La muerte acaba con todos los dolores. Yo necesito que sufra, que paladee gota á gota y día por día el dolor de que me ha llenado el pecho. ¡Nada de piedad! -Señor, ya están preparados los trapecios. ¿Vamos allá, Flora? -Vamos. ¡Como siempre! La primera mirada para el palco del conde. ¡Oh, allí le tienes, sí, esperándote, clavando en ti los gemelos, aguardando á que te presentes en el centro de la pista y le dediques, sin aparentarlo, el primer saludo! Pues bien, que aguarde, que va á contemplar ima cosa buena. ¿Te tiembla el pulso, Flora? ¿Te ocurre algo? Parece que no haces hoy caso de los aplausos del público. -Por qué no? -Ea, pues, sécate las manos, y arriba por la cuerda. -En seguida. III- -Parece que aparta usted la vista, conde. -Es un espectáculo tremendo. No me hace pestañear el cañón de una pistola; me he batido dos veces pero esa mujer precipitándose desde todo lo alto del circo á las manos de su- marido, que la espera ca- f béza abajo colgando del trapecio, es demasiado fuerte, ü n milímetro de desvío, y va á parar sobre las sillas, sin que la sirva de nada la red. baridad. -Sólo el estómago es capaz de obligar á semejantes atrocidades. -Y ella es hermosa de veras. -Arrogante. ¿Y realmente está casada? -rPor tal pasa. El conde, aquí presente, podrá informar. -Caballeros, se prohiben las alusiones. ¡Silencio! Va á tirarse. La orquesta toca piano. ¡Dios mío! ¡Qué horror! -No se ha matado por milagro. Sin duda se ha movido el trapecio ó se ha lanzado mal. -Gracias á que la ha cogido de la muñeca; pero debe de habérsela destrozado. -Sólo ha podido evitarla el golpe. -Opino lo mismo. Me parece el ejercicio una bar-