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Á OCHO DÍAS VISTA MaiTakcsh. -Latí mil y una noches. -Gran ciclorama. -El inundo por un aí ujero. La etiqueta marroquí. -El caballo blanco del Sultán- -La Kutubia. -En los jardines de Mehmunia. -La embajada en la Arcadia. El Carnaval pasado. -Madrid partido. -Un Carnaral de narices. -rapelltos de coloros. -Las victimas. Disfraces prefeiidos. -El Carnaval en el Retiro. Cuando la prensa empezó á hablar de Marrakesh, no sabíamos si se trataba de una ciudad del Imperio ó de un estornudo del Sultán. Mas ahora que conocemos la ciudad por el relato de los corresponsales, y leyendo aquellas pintorescas descripciones, se nos cae la baba hasta mojar el folletín, comprendemos que la embajada bien puede perdonar el bollo por el coscorrón y dar por bien empleadas las molestias de un viaje cuya estación final es todo un episodio vivo de las Mil y una noches. La diplomacia española ha. triunfado en toda la línea. En vez de una guerra sangrienta y costosa, asistimos á una variadísima y maravillosa sesión de ciclorama; hemos dejado las piteras y cañadas del Riíf por los naranjos y limoneros de Marruecos; contemplamos el sagrado quitasol en vez de la pobre cogotera de campaña; ya no nos asomamos por una aspillera, sino por el vidrio de aumento que presente á nuestra vista maravillada verdaderos raudales de poesía oriental. Digámoslo, para gloriado la España presente: estamos viendo el mundo por un agujero. La embajada española, descubierta y á pie, tuvo la honra de ser recibida por el Sultán, montado, cubierto, ensabanado y ojo de perdiz. ¿Sabe usted qué es lo que más me choca? decía uno del acompañamiento mirando al grupo de dignatarios moros. -Tú dirás. -El paraguas; ¿qué falta hace ahora el en- tout- cas sagrado? -Ninguna; pero es por lo que pueda tronar. El Sultán parece que tiene fisonomía inteligente y guasona. Altos dignatarios de la corte movían á su alrededor paños blancos, como si quisieran ahuyentar invisibles moscas. Y allí no había más moscas ni más gente extraña que el cortejo español. De modo que, según se ve, la etiqueta marroquí es todavía más guasona que la fisonomía del Sultán. El caballo blanco de S. M. Sherifeana ha llamado la atención de todos. Algunos, la verdad sea dicha, han encontrado depresivo para España que la corte marroquí se presentara en esa guisa. Pero no hay nada de eso; la cabalgadura del Sultán es más elocuente que todos los discursos. Porque, si bien se mira, lo que hemos ido á buscar en Marruecos ha sido, ante todo y sobre todo, un caballo blanco. -ly l ¿Qué decir de los jardines de Marraskesh, de todas esas calles de jardines que rodean al palacio y al harem imperial? Pues, ¿y la banda del Hospicio sheriífiano? ¿y los askari- volátiles? ¿y los soldados corredores, armados con garrotes de nudos masó menos gordianos? Vieron también los expedicionarios á la señora Kutubia, una torre idéntica á la Giralda de Sevilla. Lo que no se vio por ninguna parte fué la Torre del Oro. Pero, según el común sentir, el Sultán estuvo amable, fino y explícito como nunca. La conferencia se prolongó en honor de la embajada más de quince minutos; cosa rara, en verdad, porque gene- raímente las conferencias marroquíes nunca llegan