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90 Como un caballo atado si tronco de un árbol sestea bajo su sombra, asi, prendida la Portuguesa con la cadena del ancla al fondo, parecía adormecida en la serena superficie de la bahía. Mauricio, colocado á cierta distancia del capitán Germán, contemplaba al marino con tanto respeto, que por él bien se podía apreciar la diferencia que existe entre el patrón de un bote y el capitán- piloto de un barco de tres palos. Mauricio había ido allí, á la cantina, con un propósito ¡loca ambición de mozo! que así como se lanzaba eu su botecillo más allá de la barra, quería entonces lanzarse á la mar en un gran barco, dando principio á una verdadera vida de marino. ¡Se atrevería Mauricio á interrumpir en sus reflexiones al capitán? No. Sentíase amedrentado por aquella fisonomía inteligente y severa. Sin embargo, Mauricio, llamando en su auxilio al cantinero, podía tal vez pedir al capitán la plaza deseada entre la gente de á bordo de la Portuguesa. El pobrete de Mauricio habló al cantinero, y éste, no sin cierto temor, se acercó al capitán y le dijo: -Señor capitán, hay aquí un mozo que desea hablar con usted. El capitán Germán, frunciendo el ceño, miró con altivez al cantinero, y luego, encogiéndose de hombros, replicó: ¿Qué quiere? -Plaza á bordo. ¿Es este muchachito? añadió el capitán, dirigiendo una mirada entre despreciativa y compasiva al tímido mozalbete; volvió á dirigir su vista á la goleta, quedóse en silencio un largo espacio de tiempo, y con profundo orgullo murmuró después: -Déjame en paz; que en la Portuguesa ese muñeco no me sirve ni aun para grumete. Mauricio apartóse de allí humillado y triste. No se recibía así á un hombre que iba á ofrecer su fuerza y su corazón para el trabajo; era irritante aquella soberbia del capitán; dañaba aquella altivez, y ¡vive Dios! que nunca le es dado al hombre hincharse de vanidad y engreírse de orgullo, puesto que, tarde ó temprano, á todos nos llega abatimiento y humillación. Retirado á un rinconcillo de la taberna, quedóse Mauricio conformándose con su suerte, y poco después pudo oir al capitán que, hablando con el piloto de un pequeño barco costero, decía: -Sí; digan lo que quieran los del Observatorio ó los del Mareógrafo, mañana larga velas la Portuguesa. Mientras yo pueda estar en el puente en un barco como ese, ¡un pito por los huracanes, y un comino por las tempestades! El casco es fino, la arboladura flexible y ligera, el trapo suelto, y el alma, que soy yo, despierta; la vela y la cuerda son como nervios y músculos á los que comunico yo vida y movimiento, y ni toda la mar divide la quilla de mi goleta. Al decir esto lanzó un juramento, tiró una moneda al cantinero y se dispuso á salir. Entonces Mauricio, quitándose su caperuza negra, se acercó al capitán y le dijo humildemente: -Si alguna vez el señor capitán necesitara de mí, sepa que me llamo Mauricio, y de apodo Gusana. -Te cuadra el apodo, dijo por toda contestación el capitán; y después de saludar por una inclinación de cabeza al marino con quien poco antes había estado hablando, salió con la frente levantada y se alejó de allí como con viento en popa, hinchado por su aire de soberbia. ¿Cuál no seria el gozo de Mauricio, cuando, aun antes de que el capitán hubiera llegado á la goleta, ya el joven se había alistado como tripulante á bordo de un vapor de cabotaje? 11 La tarde y la noche habían sido terribles; la goleta, que poco antes de anochecer, audazmente empujada por las violencias de furioso huracán, con sus velas hinchadas, había salido del puerto lanzándose á alta mar, hallábase á merced de las olas y sin que su timón pudiera asegurar el nimbo. La maniobra era tenaz, pero no bastaba la rapidez de los brazos á seguir la inteligencia del mandato de un capitán con cuyo entendimiento jugaba la tormenta á capricho, burlando hus propósitos, confundiendo sus cálculos, trastornando sus decisiones. Sí, el capitán era el alma de la goleta; pero cuando disponía de un modo la colocación de las velas, prestamente el viento, cambiando la direcciÓQ, obligaba á hacer la contraria maniobra. Oleaje revuelto hacía girar en redondo el barco; un ruido profundo y agudo impedía oir la voz, la bocina y hasta el silbato del capitán. La goleta, audaz como un águila, s util como una flecha, ligera como una pluma, se defendía á veces por sí misma, merced á la adrriirable arquitectura de