Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
91 su casco, contra la ubicuidad de las aguas, contra las impulsiones y retropulsiones del viento, contra la negrura de la tormenta; pero apenas aventajaba por un instante, con presteza y como en loca danza se sucedían á abatirla, á zarandearla y á inundarla con la levedad y rapidez de las llamas, agudísimas olas. Y así la tempestad jugaba con el barco como jugaba con el pensamiento del capitán, y tanto valía en aquel momento la voluntad de éste como el timón de la goleta. Allá á lo lejos, en el término del horizonte sensible, se percibía una débil franja de rojiza claridad bajo la extensión de la negra nube y por cima de las sobresaltadas aguas de un mar verde bronce, plomiza y manchada de blanco acá y allá, como de espumarajos de rabia. Aquella franja de luz era ya. el día, de que disfrutarían en otros puntos; la luz, que ya iluminaba mares y costas fuera del espacio dominado por aquel negro nubarrón amenazador y terrible. ¡Mano siniestra, que desde el cielo mandaba sus zarpas: las olas, la electricidad y el viento, contra aquella cosa tan diminuta: la goleta! ¡Oh, rabia! decía el capitán; va á acabar la tempestad con la goleta á bofetadas. En efecto, una bofetada del viento partió el botalón, otra bofetada de agua rompió las vergas, y viento y agua quebraron el palo mayor, deshicieron las vergas, y como por implacable segur, en un instante el mesana y el trinquete se hicieron astillas. ¿Quién, al poco tiempo, hubiera conocido en aquel resquebrajado casco, en aquel confuso remolino de tablones y troncos, la goleta de bien escultado vaso, gallarda arboladura y recia vela, que había salido del puerto ¡na, ve ufana! á desafiar el temporal y los mares? ¿Quién en aquél hombre que, empapado de agua, impotente y abatido, agarrándose al barandal del puente yacía sin voluntad ni esperanza, hubiera reconocido al soberbio capitán? Algunas horas después, ¡quién sabe cuántas! de la goleta no quedaba más que una balsa hecha t con cuerdas, palos y tablones, por la des esperada furia de los cinco tripulantes que habían quedado con vida, y que, humillaidos ante Dios, demandaban de éste su amparo. Pues bien, en aquella franja de luz, que había ido agrandándose lentamente, los náufragos vieron al fin una maravillosa silueta: el casco, la arboladura y la humeante chimenea de un vapor. Allí, allí, en aquella sombra estaba toda la esperanza, y desde aquel punto, Dios hizo que acertara á verlos el oficial de cuarto, y que con los gemelos pudiese al fin distinguir las señales que los náufragos dirigían. Prestamente el vapor viró, poniendo la proa en dirección á la balsa, á la vez que una lancha de duro casco y briosos remeros avanzó, luchando con la aiin revuelta confusión de las olas. Los náufragos fueron salvados. Cuando se vieron sobre la cubierta del vapor los cinco infelices, en cuyas caras se pintaban las huellas del más profundo terror, oyeron á un oficial que preguntaba quién había sido el marinero