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FOTOGRAFÍAS INTIMAS t t DON ISIDORO FERNÁNDEZ FLORES VE María Parisima! No hay otra manera natural de pedir permiso á la puerta del despacho del ilustre cronista y literato que lanzar la clásica fórmula de nuestros abuelos, reflejo de una piedad inquebrantable, y manifestada con la sencillez de lo que sale derecho del corazón antes de que se entere la inteligencia. Penetrar en el cuarto de trabajo de Fernanñor, es asomarse de repente al siglo XVIII. Se sube á su tercer piso pensando en el hombre de mundo elegante y correcto, de una espiritualidad soñadora, irreprochable desde la corbata á los zapatos de charol, esperando encontrarle en uno de esos lindos nidos parisienses de soltero, mitad retrete de odalisca, mitad tocador de duque, y se halla uno con un grave aposento de canónigo de catedral coetáneo del bueno y nobilísimo Carchis Tertius, de gratísima recordación para los madrileños. Sabida es la costumbre existente en el gran mundo francés de caracterizarse para ciertas fiestas, haciéndose una cabeza, como hemos traducido la frase por acá. Igual pudiera decirse de Fernanñor, aunque en otro sentido: se ha hecho un despacho Y digo se ha hecho, porque no poseyendo, que yo sepa, fortuna bastante para encargar el decorado de la estancia al mejor tapicero, y dotado á la vez de un gusto exquisito y personal que le impide sujetarse al capricho de nadie, y mucho menos á patrones de fábrica, él mismo se ha alhajado su cuarto de trabajo segün su leal saber y entender, y aun él mismo, que no es manco en materia de artes suntuarias, ha puesto mano en los detalles de la habitación. Ya recuerdo yo de una mañana de mis mocedades literarias, viviendo en aquella sazón el chispeante cuentista en el paseo de San Vicente, que me lo encontré en mangas de camisa sobre una escalera y pintando no sé qué relieves del muro. Fernanflor es un arqueólogo de raza que adora los pergaminos y se muere por los mueble arcaicos; yo creo que permanece soltero por no hacer traición á la amante de toda su vida: la antigüedad. Su despacho tenía, pues, que resultar de mucho carácter, y bajo tal concepto es quizás el mejor que yo he visto, porque á cambio de la vulgar suntuosidad esparcida por los cuartos de trabajo de la mayoría, en los que antes se advierte al procer que al escritor, al erudito ó al filósofo, posee una fisonomía de época admirable, de absoluta verdad; es un aposento de chupa y calzón, que parece que acaba de oír á Moratín la lectura familiar á sus íntimos del manuscrito de El café. Nadie, á no confesarlo su dueño como á mí me lo confesó, podría adivinar cuál es la base del despacho de Fernanflor: sencillamente un resto de altar comprado de lance y desarmado. De parte del frontis ha hecho un mueble singular: un enoime atril que ocupa todo un lado de la habitación, grande como un facistol y que sostiene multitud de ilustraciones y revistas de tamaño de folio. En el costado de enfrente ha construido, si mal no recuerdo, una gran chimenea orillada por salomónicas columnas verde y oro, de retablo, con mil labores churriguerescas, formando pareja con los dos estrechos estantes de libros colgados á uno y otro lado de la chimenea en dos entradas de fábrica del muro. La mesa de escribir es una filigrana de talla barroca, de retorcidas patas y exuberantes adornos, colocada casi en el centro de la estancia; junto á un balcón hay un respetable frailero con otro atrilito para leer con comodidad; dos ó tres arcenes de positivo mérito histórico, con la edad venerable escrita en sus tapas, se yerguen en distintos sitios de la pieza; en medio hay un brasero sin lumbre, con alambrera de metal dorado y grandes clavos de cobre en la caja poligonal; en las paredes, cuadros antiguos de buenas firmas, aguas fuertes, grabados; las sillas son de seda, vetustas, y el rigor de época se halla observado con tal escrupulosidad en los detalles, que hasta el piso ostenta por alfombra felpudos blancos; carecen puertas y balcones de cortinajes, y las hojas de aquéllos están pintadas de color de café obscuro, asi como atenúan la luz en sus vidrieras los clásicos y españoles visillos. Después de enterarse uno en conjunto, y objeto por objeto, del cuarto, ante el extraño contraste de los periódicos ingleses y del velón y el tintero talaverano con plumas de ave, oyendo á la sexagenaria ama de llaves, que dice con su voz de cañareja al visitante: Ahora sale el señor se aguarda el arribo por el pasillo del clérigo regular de sotana de gi- o, concienzudo observante, pero con sus ribetes críticos y humorísticos, gran humanista, gran cuentista, gran tomador de rapé y gran barítono en elcoro, aficionado á los libros sagrados, pero no menos gustoso de los profanos, canónigo de empleo y abate de naturaleza. Y en vez de semejante figura armónica con el despacho, aparece el simpático escritor moderno, nuestro elegante Scholl, con su traje contemporáneo de cazadora ó levita y pantalón largo. ¡Oh, amigo Fernanñor! Eeniego mil veces de esa su prosaica vestidura de usted, propia del Casino ó del Veloz, la exigida en los mil ochocientos noventa y tres años que corremos, yo lo comprendo, pero anacrónica y de un prosaísmo tremendo. Lo repitOj el cuarto de trabajo de usted requiere una silueta de abate ó de currutaco, si prefiere usted el estado seglar. JUAN LUIS LEÓN