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78 Por lo general, los trajes más usuales para el disfraz de los niños implican para esos cuerpecitos (delicados, aunque otra cosa se crea) una diferencia de temperatura, comparada con la del que usan á diario, que basta por sí sola para producir enfriamientos, y sabido es cuan grave y á cuántas complicaciones puede dar margen el enfriamiento de un niñ. o. Las pelucas de rigor hacen arder las cabecitas, en las que al día siguiente, aquella misma noche quizás, riñen horrible batalla la congestión de una parte y el enfriamiento de otra; los zapatos n giíáíáros por ejero i i dan á veces much S se comen, embadurnan el estómago; la danza agita y perturba todo el organismo; y para final, la salida, cuando cada mejilla semeja un frasco de bermellón, que tan encendido es el color que las tiñe, produce el catarro pulmonar ó inicia la meningitis, que no perdona en la infancia. ¡Pobres niños! Ellos, después de todo, se hubieran divertido más en el Retiro, d e n casa de sus amigos, ó en el teatro, y eso que el teatro lo juzgo también yo muy peligroso antes de los diez años; pero no, era preciso ir al baile; era indispensable disfrazarse, convertir al ángel en fantoche Algunos niños salen dormidos del baile; otros, como uno que vi yo el año pasado en la plataforma anterior de un tranvía, se quejan de frío y de dolor de cabeza; pero áprograma se ha cumplido. Pepín ha eclipsado á Manolo; la