Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
76 -Yo, de mí á ti, dijo la mamá de Conchita á su esposo, iba á pedírsela al vecino del segundo. -No me atrevo, contestó D. Gregorio. Ya sabes que es un bombre sin educación. La otra noche, porque tropecé con él en la escalera, me quiso dar con un cucurucho de requesón que llevaba en la mano. -Ba que está incomodado porque no le hemos ofrecido la casa. Ahora puedes reparar la omisión, y con este motivo le pides la guitarra. D. Gregorio se resolvió á subir la escalera y llamar en capa del vecino. ¿Está el señor? preguntó á la criada. ¿Quién anda ahí? dijo el interesado desde dentro. -Es el de abajo, replicó la maritornes. ¿Qué quiere ese títere? volvió á decir el vecino grosero. Hombre, no me trate usted así! dijo humildemente D, Gregorio. Bu esto apareció en la puerfci el inquilino salvaje, y encarándose con el papá de Conchita, le preguntó con acento iracundo: ¿Puede saberse lo que busca usted aquí? -Vengo á ofrecer á usted mi domicilio. -IA buena hora I- -T á suplicarle que me preste la guitarra. Por toda contestación, el vecino cerró la puerta, empujando á D. Gregorio hasta meterle por un vacío la bola del pasamanos, y el pobre señor lanzó un grito y se fué derecho á casa de un músico que vivía en la vecindad. El músico le dijo que él no tenía guitarra, pero qiíe debía pedírsela á un barbero residente en una calle próxima, hombre complaciente y servicial. ¡La guitarra! exclamó el hijo de los cosméticos. ¿Está usted loco? Aunque me diera usted cinco mil duros. Precisamente tengo una guitarra que no la habrá en todo Madrid. ¡Una guitarra que ha sido de Navarro Eeverter! -Bueno, bueno; no hay nada perdido, contestó D. Gregorio. -Quien tiene una regular es el farmacéutico de esta calle, agregó el barbero. D. Gregorio se fué á la botica y comenzó por comprar diez céntimos de bicarbonato para captarse las simpatías del farmacéutico, pero en cuanto le habló de la guitarra, éste le dejó con la palabra en la boca, dando media vuelta y echándose á reir. -Guitarra buena, una que tiene el cerero de la esquina, dijo entonces una señora que estaba comprando un parche confortativo. ¿El de la esquina? Gracias, murmuró D. Gregorio, dirigiéndose á la tienda del cerero. Éste, que conocía á su vecino, en el primer momento se disculpó como pudo, pero al fin le entregó la guitarra, diciéndole: -Le participo á usted que hago un verdadero sacrificio, porque este instrumento lo compré yo antes de casarme j no se ha separado de mí ni un solo día. Diga usted que lo toquen con cuidado, porque es muy sensible, y en cuanto le fuerzan un poco, se baja. -Puede usted tener la seguridad de que le trataremos como si fuera un hijo, contestó D. Gregorio. El cerero volvió á hacerle una porción de advertencias con respecto á las condiciones especiales de aquella guitarra, y don Gregorio pudo entrar en su domicilio triunfante, pero sudoroso. ¡Aquí está! gritó, dejándose caer en una butaca. No saben ustedes los disgustos que me ha dado el maldito instrumento. ¡Gracias á DiosI exclamaron todos. -Ea, ya está aquí. A ver quién la toca. -Yo no sé, dijo Silverio. -Ni yo, añadieron los tres jóvenes amigos suyos. Los demás tertulianos hicieron igual declaración. ¿Quiere decirse que no la toca nadie? preguntó D. Gregorio con la mayor estrañeza. ¡Nadie! contestaron á coro caballeros y señoras. D. Gregorio se llevó la mano al costado derecho, dolorido aún. y elevando los ojos al cielo, nxurmuró tristemente: ¿Conque ahora salimos con que nadie sabe tocar la guitarra? ¿Pero por qué no lo han dicho ustedes antes? LUIS (DIBUJOS DE C I L I Í A) TABOADA