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LA GUITARRA -Aquí lo que falta es un poco de música, dijo el joven Silverio. -SI, sí, música, coutestaron á coro los demás señoritos de la reunión. ¡Si turiéramos una guitarral añadió D. Gregorio, el papá de Conchita. -Quien debe tener una es el vecino del segundo, dijo la mamá. -El caso es que yo no me atrevo á pedírsela, porque carece de educación y no quiero exponerme á, un desaire, replicó D. Gregorio. Era lo único que faltaba en aquel domicilio, como había dicho muy bien Silverio. Conchita celebraba el día de su santo; habíanse reunido allí todos sus conocimientos, y reinaba la animación más espontánea. Silveiio había sido el promovedor de la fiesta y el encargado de presentar á dos 6 tres señoritos amigos suyos á cual más alegres. -Kada, nada; hay que celebrar el santo de Conchita, había dicho á los papas de la joven. -Por nosotros no hay inconveniente, contestó la mamá; basta que usted tenga ese deseo. -Sí, señora; es necesario que ustedes se den á conocer y no vivan en la obscuridad, como hasta aquí. Al fin y al cabo tienen ustedes una posición, y de nada sirve que le hagan ustedes ropa á la niña si no ha de vérsela nadie. Además, esta casa está muy bien puesta, y justo es que la conozcan las personas de gusto. Silverio había caído de pie en aquella casa, y D. Gregorio le quería entrañablemente; verdad es que sabiahacerse simpático por su conversación y sus ocurrencias. Era sobrino carnal de un compañero de oficina de D. Gregorio, y bastaba esta circunstancia para que fuese bien recibido y obsequiado. Aquí tiene usted unos segundos padres, le decía siempre don Gregorio. Gracias á Dios, tenemos posibles para todo lo que haga falta. D. Gregorio y su señora eran dueños de una regular fortuna, gracias á la herencia de un tío que se les había muerto en los brazos. -Vaya, yo me muero, decía el pobre señor dando las boqueadas. Ahí tenéis todo mi capital para que os sirva de salud y podáis prescindir del destino del Gobierno. Ay, tío, qué bueno es usted! contestaba la esposa de D. Gregorio, estrechando la cabeza del moribundo contra su seno. -Abur, replicaba él. -Vaya usted con Dios, añadía D. Gregorio, tapándole la cabeza con la sábana para que expirase cuanto antea. La existencia del tío se extinguió al ñn y al cabo, y D. Gregorio vióse convertido en capitalista. Desde entonces todo fué júbilo en aquella casa, y en cuanto tenía ocasión, ya estaba abriendo sus salones y obsequiando á sus amigos con bollos y vino blanco ajerezado. ¿Cómo no celebrar el santo de Conchita? ¿Cómo no lucir el mobiliario? Tenía razón Silverio: no hay cosa más agradable que excitar la admiración del mundo y saber que dice la gente: ¡Vaya una sillería preciosa la de D. Fulano! ¡Vaya unas colgaduras y una ropa de cama! jPues y unos candelabros que tiene sobre la consola? Los jóvenes presentados en casa de D. Gregorio eran todos de buena familia. El papá de uno de ellos se había educado con un primo segundo de Cánovas del Castillo; otro de los padres tenía la cruz de Cristo de Portugal, y el tercero estaba para ser nombrado jefe de Fomento de Guadalajara. -Ea, decía D. Gregorio, hagan ustedes lo que más les agrade, porque en mi casa quiero que reine la franqueza. Tino de estos días compraré un piano, pero, en el Ínterin, nosotros cantaremos para que bailen ustedes. ¡Por vida! exclamó Silverio. ¡Si tuviéramos una guitarra!