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70 jefe, abriéndose paso con dificultad por entre un remolino de curiosos que se agolpaban á contemplarlo. Venía herido de bala y de bayoneta; toda su vestimenta se reducía á un jaique que había sido blanco; su cabeza, descubierta y pelada, estaba materialmente bañada en sangre, y una de sus orejas colgaba sobre el hombro de una manera horrible. Era mulato, pero de rostro bello y expresivo. La fortaleza de sus miembros y su atroz apostura sólo podían compararse á la inocencia de su límpida mirada y á la suavidad de su semblante infantil. Tendría, á lo más, dieciséis años. El pobre mozo olvidaba sus hondas heridas en medio de la curiosidad infantil que le infundía nuestro campamento. Marchaba por su pie con cierta impavidez indeliberada y sencilla, como si para él fuese cosa natural ver dess trozado su cuerpo; y, lejos de quejarse, sonreía con gracia á nuestras tropas. Al segundo prisionero lo vi en el hospital de sangre. Tenía destrozado el muslo derecho, y debía de padecer mucho. Era un verdadero moro, esto es, un moro de novela. Su cabeza bellísima estaba pálida como la muerte. Sus ojos negros miraban con recelo y amargura. Sus dientes de marfil, apretados convulsivamente, no dejaban escapar ni el más leve grito. Tenía una hermosa barba negra como el azabache, y vestía con cierto lujo: calzón blanco, ropón encarnado y jaique de lana un poco ceniciento. Su espingarda, también lujosa, estaba aún en manos del soldado que lo había herido y hecho prisionero. El tercer prisionero era un anciano de blanquísima barba y austero semblante. Venía agonizando, y la cura de la ancha herida que le atravesaba el pecho acabó de agotar sus. fuerzas. ¡Tampoco se quejaba! Una vez terminada la dolorosa operación, el viejo moro se envolvió en la manta con que lo cubrieron, y se acomodó en la camilla como un hombre que se dispone á dormir. Poco después fué á preguntarle un intérprete si quería algo, y le encontró inmóvil y frío como una- estatua. Estaba muerto. PEDRO A. DE ALARCÓN (D I B U J O S DE SUSILLO)