Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
46 -Y duermen en el corral de la tía Babosa, tiraus en el suelo como si fuesen caballerías. Qut g ate, eh, tío Tripulas! ¡Calla, Rumaldo, que no sé cómo el Ayuntamiento tié vergüenza pa traer este ganadillo á un pueblo como Villaminúscula! Esto solamente se le ocurre á esos malditos conservadores, que están deshonrando y perdiendo á la villa. jTocái, tumbones, hambrientos, piejosos! Así apreciaban la sobriedad, la previsión y el ahorro aquellos castellanos hidalgüelos, que se creían descendientes de la pata derecha del Cid. Y los pobres murgaistas oían aquéllo como quien oye llover, sin que se les pasase por las mientes el deseo de romper el cornetín ó la trompa en las costillas de los bárbaros minúsculos. Pero aunque por fuera parecían serenos, los músicos sentían gran amargura en el alma, que procuraban endulzar llevando el pensamiento á su amados hogares y á sus laboriosas mujeres y sus alegres rapacillos. Y luego, cuando se acababa el verano, volvían gozosos á la nunca olvidada tierra con unos cuantos duros muy guardadieos en el pecho, junto á la carne, y con algunos regalos para las personas queridas: ya el pañuelo para la esposa, ó el delantal para la abuela, ó las boinas para los cachorricos. Francisco siempre volvía en los primeros días de Octubre para celebrar coa su familia la fiesia del Serafín de Asís, que era el venerando patrono de la casa. Pero sucedió que ua día de Agosto, cuando el pobre músico quiso levantarse del pajoso montón que le servía de cama, se sintió muy malo, con grandes dolores en la cabeza y en el pecho y con insufrible ardor de fiebre en la sangre. Lleváronle sus compañeros al hospital, y como ellos tenían que tocar en otras ferias, se vieron obligados á dejarle allí encomendado á las santas manos de la Caridad, que es cosmopolita. Marcharon los músicos, y acaso también se olvidaron de su compatriota; que así es de miserable la co- rrompida naturaleza humana. Y llegó una noche en que Francisco se puso muy grave; y conociendo que se apuraba y moría, sacó la descarnada mano, y apretando nerviosamente la de la hermana de la Caridad que le velaba, dijo ya en las angustias postrimeras: ¡Ay, Virgencica del Castañar! ¡Ay, que me muero! Y entregó su espíritu á Dios.