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¿VOLVERÁ? o he podido menos de admirar siempre á esos obreros que, abandonando temporalmente á su mujer y á sus hijos, salen de su pobre tierra para recoger en otras más ricas un puñado de duros con que atender durante el invierno á las necesidades de aquellos seres queridos. Unas veces es el segador que por espacio de cien días se entrega á la terrible tarea de la recoleción de cereales, aplanado por una temperatura febril; otras es el minero que se sepulta en las entrañas de la tierra, sin luz y sin aire, y con la constante amenaza de una explosión ó u n h u n d i miento; y a es el peón que se aniquila en u n a obra, ó bien picando piedra doce horas diarias ó moviendo las bombas de achique, ó abrasándose en las forjas ó consumiéndose y derrengándose en la tremenda labor de mover una azada. Son los pájaros que dejan sus nidos y recorren los camy los montes buscando el alimento entre las balas de los cazadores y las garras las aves de rapiña. De éstos era Francisco, el cual, á pesar de sus treinta años, tenía en su rostro enfermizo señales de prematura vejez, allí estampadas por los sufrimientos y el trabajo. Habíase casado m u y joven, y cumpliéndose en él la ley biológica de la fecundidad de la pobreza, á los diez años de matrimonio se encontró con seis rapazuelos que le traían á mal t r a e r con sus n a t u rales exigencias de aliinentación y vestido. Francisco tenía una casita que, por su menudencia, aislamiento y rustiquez, más parecía nido de aves que h u m a n a habitación. Delante de la casa e x tendíase una tierruca sembrada de hortalizas, y luego u n pequeñísimo prado, enriquecido por un arroyo transparente y m u r m u r a d o r con las patatas y las berzas comían las personas, y en el pradecillo pastaba la vaca, que era u n manantial de dulcísima leche. P o r aquí no andábamos mal, gracias á Dios. Pero el caso era que había que pagar las inhumanas contribuciones y había que comprar ropa, porque la impía sociedad no permite que anden en cueros los hombres que no tienen con qué vestirse; y además, el médico, el albéitar y los demonios coronados, no trabajaban de balde; de modo que era cosa necesaria que el bueno de Francisco dejase su t i e r r a y viniese á Castilla á ganar siquiera veinte ó treinta duros. Y así lo hi i evo no hallándose con tuerza í. con salud para segar n i para entregarse á otras 1,llo res de fibra ó de correa se metió Francisco á murguista, ó ea. miísico andantp y Jecidió irse con una banda que todos los años, por J u n i o salía á recorrer las ferias rurales de Castilla. Francisco no sabía una letra de nada, pero en quince días aprendió á tocar el bajo, con que acompañar la desacorde algarabía de los demás compatriotas suyos, Tres meses permanecían los murguistas alejados cien leguas de las prendas de su corazón. E n medio del bullicio de las ferias castellanas, donde el néctar d é l a s cubas alegra los ánimos y produce bol gorio de colmena enfurecida, veíanse los melancólicos semblantes de aquellos hombres, apocados