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9 franco al trasatlántico; y quejándose ruidosamente, las que más osadas no lo hacían asi, de la embestida que éste léS (labs, simulaban á popa y proa, unas veces mo tvuis de nieves perpetuas, j otras originales rallax para una singular ca- M 1 ll, l- t li i n di 1 II I. I II. I II -ll, p ii I 11 I i m I I ll i p I i i l I i I i 1 ilhll 1 1 II lili- I iii I (1 I 1 i 1 II P ir! i I I di I pal -l l 1 I lli I, ¡U i ii 1 i v i- tii ¡I i i II l l I 1 manita tres olas muy grandes y muy blancas, sobre las que espumaje luz trazabau algo que en realidad sejiejaba caballos y coronas. -No, tontina, ¡qué han de ser! Si vienen será más tarde, y yo anda á acostarte, que esta humedad no es buena. Aunque de noche, era temprano todavía. En invierno obscurece muy pronto, y las horas en el mar no se acaban nunca. Antes de bajar Echaudy á la tertulia de los oficiales, esperó, como todas las noches, á ver á su hija dormida. Pero Esperanza, nerviosa, impaciente, no se dormía aquella noche. Acorralaba á la anciana criada para que le pusiera las botas en la ventana del camarote, y no hacía caso de reflexiones. -Esto no es ventana, le decía la vieja; no se puede abrir; y mira, ahora mismo ha pegado el agua en el cristal. ¡Bonitas se pondrían las botas! Todo inútil. Esperanza rompió á llorar, y Echaudy tuvo qus prometer á su hija que vendrían los Keyesi) Abrió la porta, ató fuera las botitas de E- peranza, y entonces la niña, cruzando sus manos y sonriendo, se durmió soñando en el despertar. Echaudy salió del camarote muy preocupado y muy triste. ¿Cómo satisfacer el legítimo deseo de su hija? Y él, que cifraba todo su empeño en verla feliz, en que no llorase nunca, ¿cómo consentir que al día siguiente tuviera Esperanza un gran disgusto? Subió á cubierta, puso en prensa la imaginación en demanda de un medio que resolviera el conflicto, y no hallándolo, volvió á bajar y se fué á hacer al capitán partícipe de sus cuitas. Persona agradabilísima el inteligente marino, escuchó á Juan Echaudy con una atención extraordinaria, y sacando de un cajoncito un puñado de lindas conchas, se las entregó diciendo: -Lo comprendo todo. Esta es una noche santa para los niños, la noche más alegre de los padres. No tengo más, no tengo otra cosa. Ponga usted eso en las botas de su hija, y ya veremos, ¡qué demontre! ya veremos si se le puede hacer algún muñeco de trapos. Pero, en fin, ahí va eso; tiene usted razón: que encuentre algo la pobrecita. no sé por dónde vendrán. Vamos, Esperanza, vamos,