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su deseo de abandonar España. Por eso la noshe que un mozo del ministerio le trajo el nombramiento se sintió revivir. Por eso he dicho que al firmar el ministro aquella, orien, hizo de Jnan Bchaudy el más feliz de los mortales. Á los quince días todo estaba dispuesto. A los veinte, Juan, Esperanza y una anciana sirviente se embarcaban en Cádiz á bordo de un trasatlántico. Esperanza acababa de cumplir cinco años. La mujer que iba con ellos era una antigua criada de los padres de Consuelo, muertos mucho tiempo hacía, como los de Juan. Al fin respiró Echaudy á sus anchas. ¡Cielo y mar! No le bastaba con menos para dar rienda suelta á sus pensamientos. ¡Monótona soledad, tristes silencios! ¿Serían acaso mayores los del Océano que los que él sentía en el pecho? El viaje se emprendió el día 1. de Enero. ¡Vida nueva! pensó Echaudy, fijándose en la lontananza que el sol de la taide pintaba de color de rosa. ¡No me engañas con ese color; pero por mala que puedas ser, te prefiero á la que ya conozco! Y luego, abrazando á su hija, que miraba con ojos de asombro cuanto había á su alrededor, exclamó: ¡Un año más para ti, es decir un año menos de Esperanza! También é. tta que me queda camiaa á su desaparición. Viaje feliz aquél, si terminaba como se empezó. El mar en calma; el cielo despejado; mucha marcha, y poco pasaje. Juan Echaudy se mostraba comunicativo; el capitán y el sobrecargo se hicieron en seguida amigos suyos; el capitán especialmente sintió hacia la niña del viajero una profunda simpatía; sintió lo que los padres que han perdido un hijo sienten en presencia de un niño que (do recuerda por la edad ó las faooioaos. Y hoy visitando el buque, mañana hablando de viajes, se pasaron sin sentir las cuatro primeras singladuras. Esperanza estaba contentísima. Apenas sintió los efectos del mareo, y el espectácuio del mar servíala de gran entretenimiento. A las ocho de la noche se acostaba, durmiendo en la litera como pudiera hacerlo en su cama, y el aire puro coloreaba sus mejillas y aumentaba el brillo de sus alegres ojos. Después de la comida del quinto día, casi al anochecer, Esperanza no quiso jugar, como los anteriores, con los niños de un matrimonio que iba á la Habana; no quiso tampoco ir á dar un beso al capitán, y alegaudoque tenía smimo de padre cogió la mano de Echaudy y le dijo: ¿Qué día es hoy, papaíto? -Hija, no recuerdo bien; debe ser 4 de Enero. -Pues no, señor. Verás como yo tengo mejor memoria. E j 5, y la de hoy noche de Eeyes. -Sí, es verdad, hija mía. -Pues yo quiero que me traigan algo los Reyes; siempre me han traído, siempre se han acordado de mt, porque soy buena. -Pero, muñeca, ¿cómo quieres tú que loí Beyes vengan á este sitio? ¡Pobrecillos! Los caballos no podrían nadar, y los Reyes y toda la comitiva se ahogarían. -Tampoco nosotros sabemos nadar, y ya ves que no nos ahogamos. -Porque nosotros vamos embarcados. -Bueno, y ¿por qué no han de venir los Reyes en otro barco? -No digas tonterías, Espsranza; los Reyes no pueden hacer eso; no van más que á las ciudades, á los pueblos. El mar les da mucho miedo, y además se les estropearían los juguetes. -Pues entonces, papá, ¿cómo es que esos niños que van á la Habana me han dicho que han pedido juguetes á los Reyes, como todos los años, y que se los traerán esta noche? Ya ves cómo no es verdad lo que tú dices. Echaudy adivinó entonces lo que su hija quería decirle, y deploró el mal, ya irremediable, de no haberse acordado antes del embarque de que iban á verificarlo casi en vísperas del día de Reyes. De buena gana hubiera dado á aquellos niños, cuyos padres tuvieron mejor previsión y más meaaoria, un par de azotes, por haber recordado á Esperanza lo que quién sabe si á ella se le hubiera ocurrido. -Si es asi, nena, puede ser que yo me equivoque. Ya veremos. Vete á dormir, y mañana sabremos si los Reyes vienen ó no á repartir juguetes en el mar. Ya era de noche. La luna pintaba de blanco la cubierta de la nave y centelleaba sobre los penacho? más blancos aún, de las olas. A lo lejos, la bruma borraba todo género de perspectivas, y aunque el radio iluminado era muy grande, dijérase que cercaban al buque gi- uesas paredes. La estela hervía bajo los paletazos de la hélice. A derecha é izquierda, olas gruesas y delgadas, altas las unas y las otras bajas, atrepellándose, sepultando las más ligeras en una explosión de espumas á las perezosas, dejando casi todas el paso