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861 Tal es el momunto elegido por el dibujante para tomar el croquis adjunto. No fueron inútiles las precauciones, porque á las dos horas de ocurrido el hecho, los moros atravesaron de Euevo nueí- tro cimpo, volviendo por la madera qne dejaron abandonada en la playa. Entonces las guerrillas y los cañones del fuerte rompieron otra vez el fuego, alejándose definitivamente los osados rifeños de Mazuza. Uno de los corresponsales más expertos que tiene en Melilla la prensa de Madrid, hacía sobre el hecho las siguientes consideraciones: Los hechos de hoy no tienen mucha importancia por si mismos, porque los moros creen que es suyO cuanto arroja el mar á la playa, y sabido es además lo desarrollado que está en ellos el instinto del robo, siendo para los rifeños cosa corriente el entrar en nuestro territorio para efectuar sus latrocinios. Sin embargo, hay que hicer constar que si entran en nuestro campo existiendo en la plaza 20.000 hombres y estando entre aquéllos el hermano de Sultán, ¿qué harán cuando falten unos y otro? Cooio siempre, creíase que la única ventaja que sacaríamos de esta guerra sería adquirir prestigio entre los moros, no necesitando de la f uerzi para hacernos respetar. Pues ni esto vamos á conseguir. Este suceso habla muy alto de la osadía mora y revela muy á las claras que aún no ha terminado el conflicto do Melilla. En ias avanzadas La fotografía ha sorprendido uno de los momeuloa más típicos en el ejército de operaciones: un intervalo de reposo del trabajo, en el cual la dura necesidad convierte en improvisados cocineros á bizairos oficiales que, después de la ruda jornada diaria, confeccionan un nículento banquete coa los escasos elementos de que pueden disponer. ¿No es verdad que entran ganap, al contemparlo? de decirles un cariñoso y humorístico Que aproveche Estas escenas culiuarias 1 aire libre se han repetido en mayor esc: tla con motivo de la celebración de la íTochebuena en el cimpamento, meioed al hermoso tiempo piimavcral- que allí ha reinado después de los horribles tempo rales de días antererés. Como una compensación de las molestias y fatigas que el soldado experimenta ausente de la patria, desde el anochecer cada tienda se convirtió en un remedo de hogar. Por un momento todos se habían olvidado de los deberes que impone la severa disciplina, para dedicarse al recuerdo de las dulces expansiones que en años anteriores dis- f rutaran en el seno de sus respectivas familias. Los jefes y oficiales, sin exceptuar al general en jefe, fraternizaron con los soldados, bebiendo y riendo con ellos; á los primeros vasos de vino, que corrió en abundancia, un júbilo indescriptible se desbordó de todos los corazones, y los gritos y las exclamaciones de alegría estallaban por todas partes, como si los que allí sienten la nostalgia de la familia quisieran aturdirse para olvidar por un momento que se hallaban á muchas leguas de distancia de los seres queridos. A las once en punto, y al toque vibrante y agudtf del clarín, el silencio se impuso; cada cual recobró la noción del deber, y todos se recogieron á sus tiendas con la mayor tranquilidad. EDUARDO SÁNCHEZ DE CASTILLA