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852 H a y también en Fez gran número de joyeros y plateros que hacen cosas sencillas, sin carecer de buen gusto, pero poco variadas y en corto n ú m e r o porque el rito malekita proscribe el dispendio de los adornos de valor como contrario á la austeridad mahometana. Una boda De día como de noche, á la luz meridiana del sol como al resplandor de las antorchas, se contempla á menudo por las calles de Tánger el paso de una procesión extraña y ruidosa. Delante infinidad de moros que danzan, se agitan, disparan sus espingardas con pólvora sola y luego las arrojan al aire, recogiéndolas con CL AUllO DE UOX D. GALLEGOS suma destreza. Luego más moros á pie y á caballo en traje de fiesta, mezclados con músicos que lanzan al viento sones melancólicos de tambores y flautas, cantores que emiten sonidos nasales y arrastrados. E n medio de aquel cortejo, una muía que conduce sobre los lomos algo como un confesonario, de cuyo contenido no puede juzgarse á ciencia cierta. D e n t r o de aquel estuche misterioso va una recién casada á quien acompañan sus parientes, que de modo tan extraño la conducen á casa del marido. Tales son los desposorios de la mujer marroquí, a l a cual dedica las siguientes líneas el genial escritor antes citado: Hace siete días que estoy en Tánger, y aún no le he visto la cara á una mujer árabe. Me parece que estoy en u n a reunión de mujeres disfrazadas de brujas, como se las figuran los chiquillos: envueltas en una mortaja. Caminan á largos pasos, lentamente, un poco encorvadas, cubriéndose el rostro con el borde de una especie de manto de tela, bajo el cual no llevan más que una camisa de anchas mangas sujeta al talle con un cordón, como el hábito de un fraile. De su cuerpo no se ven más que los ojos, la mano que cubre la cara, teñidas de rojo con henné las puntas de los dedos, y los pies desnudos, también teñidos, metidos en anchas chinelas de cuero amarillo. La mayor parte no enseñan más que la mitad de la frente y un ojo: el ojo, por lo general, obscuro y la frente de color de cera. Al encontrar á un europeo por una calle apartada, algunas se cubren todo el rostro con u n movimiento brusco y sin gracia, y pasan arrimándose á la pared; otras arriesgan una ojeada entre desconfiada y curiosa; alguna, más atrevida, lanza u n a provocativa mirada y baja la cabeza sonriendo. La mayor parte tienen un aspecto triste, cansado, humillado. Las jovencitas que SLÚH no tienen obligación de cubrirse son graciosas, de ojos negros, carita llena, color pálido, boquita redonda y manos y pies pequeños. P e r o á los veinte años están ya ajadas, á los treinta viejas y á los cincuenta destrozadas. ToucüATo LUGA DE T E K A (Fotografias Suce- b- orde Laurcní)