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851 mas que de la comida, y más guerrero que voraz, busca en la tienda lo que más cuadra á sus entusiasmos. El joven quiere correr la pólvora con una espingarda de Tetuán, plateada, incrustada de piedras é inscripciones, de largo cañón cuajado de relucientes anillos y airosa culata con remate de marfil. Los viejos quieren llevar como defensa, suspendidos del cordón verde ó rojo, la gumía damasquinada traída por los fabricantes de Mequinez, de Fez y de las provincias del Sur. Y los que ya cuentan con rica espingarda, se ferian la ligera gumía de largo puño, el corvo alfanje, temible y pesado, ó el curvilíneo frasquete de metal para encerrar la pólvora. J u n t o á este comercio legal de armas, claro es que existe en Marruecos el comercio ilícito, el contrabando de guerra, la venta cotidiana de fusiles Remington ó Winchester, gracias á los cuales han podido los rífenos tener en jaque durante dos meses á España entera. Pero entonces cambia la decoración. Ya no es el comerciante moro, perezoso é indolente, quien vende á la luz del día armas, propias más bien de la panoplia que del combate; es el avariento judío, el renegado español ó el mal patriota quienes destapan las cajas de armamento y en las lobregueces de una cueva las venden á los enviados del campo marroquí, haciéndose pagar á peso de oro los fusiles, desecho de nuestras fábricas. La ciudad de Fez La ciudad de Fez, como maravillosamente la describe Edmundo de Amicis, se extiende en forma de un inmenso 8 entre dos colinas, sobre las que se alzan las ruinas de dos antiguas fortalezas cuadradas. El río de las Perlas divide la ciudad en dos partes: Fez nueva á la margen izquierda, y Fez viejaá la derecha; un círculo de antiguas murallas almenadas y gruesas torres, derruido en algunos sitios, rodea la parte antigua y la nueva. Desde las alturas se domina con la vista toda la ciudad; millares de casas blancas coronadas de azoteas, sobre las que se alzan hermosos minaretes adornados de mosaico, palmeras gigantescas, matas de verdura, torrecillas almenadas y cúpulas verdes. A primera vista se adivina la grandeza de la antigua metrópoli, de que la ciudad actual no es más que el esqueleto. Cerca de las puertas y sobre las alturas, la mayor parte de la campiña está llena de monumentos y de ruinas; casas de santos, arcos de acueductos, sepulcros, ruinas enormes, huellas de construcciones que parecen los restos de una ciudad arrasada por el cañón y devorada por las llamas. Las tiendas, como en Tánger, son agujeros abiertos en los muros. Los cambiantes están sentados en el suelo con un montón de monedas negras delante. El bazar de los tejidos, el de las babuchas, el de los objetos de barro y el de los adornos de metal, forman todos juntos un laberinto de callejuelas cubiertas por un techo destrozado de cañas y ramas de árboles. En las tiendas y mercados de Fez véndense los tejidos allí elaborados, que son jaiques para señora, turbantes de lujo, íaisLS, foulardSj sutilísimos tejidos de seda con oro y plata, y los gorros que toman su nombre de la propia ciudad de Fez. Son admirables por su solidez y graciosa riqueza de colores los tapices que se hacen en Eabat, en Casa Blanca, en Marruecos y en otros puntos. De Tetuán proceden en gran parte los fusiles damasquinados, plateados, incrustados de marfil, sembrados de piedras preciosas y de formas elegantes y ligeras. CO ADRO DI! JJON RICARDO DK MADRAZO j