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S 5 (J con resplandores de brasa las hierbecillas que cubren la tierra sagrada y las piedras que marcan los enterramientos. E l recitador ó narrador de cuentos es un actor consumado, elegante en el decir, flexible de fisonomía y con fuerza de improvisación sólo comprensible en las fogosas imaginaciones orientales. Se envuelven en un paño ancho y blanquísimo sujeto y- alrededor de la cabeza con u n a cuerda de pelo de camello; tan severa y sencilla vestidura les da majestad clásica y cierto aspecto sacerdotal. Preparado el público por medio de un proemio ú oración inaugural en que se expone el tema de la relación, el orador empieza su monólogo acompañado generalmente por los sones apagados j monótonos de una pandereta, que acompañan la voz sin apagarla. SegÚQ lo exija la índole del relato, así el recitador toma esta ó aquella postura, lanza carcajadas y gritos, se adelanta, oscila y recorre el pequeño círculo formado en torno suyo; tan viva, pintoresca y exícta es su mímica, que muchos espectadores europeos, sin entender las frases del n a r r a dor, se enteran del relato por los cestos y acciones, y más que nada por la movilidad de aquella fisonomía tan dúctil, flexible y expresiva como la del mejor cómico europeo. Una tienda de armas No busquéis en los tenduchos moros alarde alguno de reclamo, de exhibición, de nada que atraiga compradores. Así como el pequeño comerciante europeo anuncia sus géneros pomposamente, hiere los aires con el pregón de sus mercancías y planta sus reales ea mitad de la calle, elevando un tinglado del cual salen ¡os ecos redoblados del tambor ó las notas aflautadas del organillo sin ritmo ni matices, el tendero marroquí parece que hufe de los compradores y que evita la venta cuanto puede. Su tienda es un hueco abierto en la pared á bastante altura, como un nicho para toda una familia. E n la obscuridad de aquella caverna se adivina al comerciante, sentado ó tendido en un rincón, sin solicitar la atención del que pasa ni cuidarse de sus mercancías, también ocultas en ¡a penumbra. Mas á pesar de la indolencia del dueño, las tiendas, y sobre todo las tie as de armas, aparecen siempre con- urrUas en época de fiesta; un pueblo como el marroquí, más amigo de las ar- CU ADUÜ D 1- DOS JULIO TÜUXAI