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847 y volatinería de esa gimnasia muda que saben hacer las caprichosas lenguas del fuego. De en medio del dislocado tumulto se destacó una figura que vestía clámide cárdena y casco de plumas azules, y cantó de este modo con voz valiente y armoniosa: -Yo soy el espíritu del cedro, y canto sobre mis ruinas. Desciendo de un gigante vegetal que hincó su pie en una roca del Líbano. Sobre mi copa pasaron las bravias águilas sostenidas en el robusto balancín de sus alas. De mi columna, fortalecida de potente savia, partían ramas horizontales á los cuatro vientos, y era yo un árbol todo brazos para recibir al sol sobre ellos. Mi destino era el de ser padre de, una gran raza. Poblaron mis hijos el monte, y vi la vigorosa generación ser cantada por los poetas y llegar á ser símbolo de la resistencia, á convertirse en luchadores del viento, en atletas contra el centelleo del rayo. Yo luché como ellos, me llené de glorias de fuego en las tempestades, orlé mi cabeza con una corona de relámpagos y me creí triunfador invencible del tiempo. El hacha hirió una mafüana mi tronco, me incliné, caí de mi monte y de mi trono y di en el fuego que me abrasa. Mi soberbia se reduce á un puñado de ceniza. Otra llama de color violado, donde se contenía el espíritu del almendro, habló de este modo: -Yo fui el heraldo de la primavera. Cuando las violetas abrían á la luz sus ojos azules, abrí yo también mi esflorecencia rosada llena de pistilos de oro, Escuché el hervir que producía debajo de tierra la nueva generación vegetal, que trabajaba por rasgar el animado seno de la tierra. Imitadores de Jesucristo, rompían las mariposas su sepulcro y latían en el azul radiante las alas. El suelo se convertía en un profuso muestrario de corolas, y á cada día el sol burilaba nueva lluvia de flores en las ramas. Todo se agitaba en un anhelo de amor; parecía que en la tierra se anunciaba el alborear de una pasión, y en mí estuvo la primera sonrisa de ese amor. Yo fui dosel de los idilios de Marzo, cuando el alma, cansada de penumbras del invierno, anhela los rayos del sol de primavera. Caí al empuje del furioso viento, y conmigo rodó mi deslumbradora corona de estrellas. Entre las llamas caiito mi muerte, y veo el amor de mis ramas convertido en lecho de pavesas. Acabado este himno, apareció otro espíritu sobre el fondo repleto de ascuas, el espíritu de la palmera, y cantó así: -Yo fui fragmento de un edificio vegetal; de mi tronco gallardo y de mis arcos aéreos tomaron los hombres la arquitectura árabe, que parece una congregación de elegantes palmeras. Yo fui tienda flotante de las caravanas, toldo en el patio morisco, abanico espléndido de la naturaleza, penacho del aire, casco de gigantescas plumas, prodigio de elegancia y de belleza. Miraba toda la floración terreste á mis pies. Los árboles más valientes, las ramas más audaces, llegaban á la mitad de mi tronco. Mi cabeza se hundía en los cielos, y cuando por ella pasaba el vuelo de un águila, creía que se me escapaba un pensamiento En mis hojas silbaba el aire canciones de sueño, himnos de pereza, músicas orientales que incitaban al sopor de los días de fuego. Por mi escalera de escamas trepaba el hombre á arreglar las galas de mis sienes, y cuando se amparaba bajo mis arcos, yo lo mecía suavemente como en un columpio soberbio. Me creí reina, y una tarde serpeó un rayo en mi cabellera, corrió á lo largo de mi tronco y arrancó de cuajo mi raíz. El fuego ahora me consume, y pronto seré polvo, viento, nada. Cada llama cantando su alegría, cada tronco llorando su muerte, la inquieta generación de llamas siguió lanzando sus lamentos. Y ante aquellos restos que se consumían, restos de extrañas vidas que fueron, yo me apiadé de las llamas y gemí con sus ecos viendo las pantomimas mudas, Ibs silenciosos esfuerzos, las trágicas contorsiones de dolor, las cabriolas y saltos de aquel mundo de seres epilépticos. SALVADOR (DJBÜJO CK SEOS) RUEDA Á