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835 Pero los comentarios huelgan tratándose- de una disposición que, al estatuir con sus inflexibles disposiciones la perfecta disciplina de un numeroso ejército, encuentra en la autoridad que la dictó y está encargada de aplicarlo, un intérprete justo que sabe lo que reclama la curiosidad legítima del país, y por tanto lo que debe leerse, y un carácter enérgico enemigo de indiscreciones perniciosas, y que sabe lo que debe omitirse y aun castigarse. Una calle de Meliila Para formarse cabal idea del aspecto que presenta una calle de Meliila en las presentes circunstancias, nada mejor que la fotograíía adjunta: soldados, soldados y soldados- 1 Unos, con alguna comisión de los jefes, la cruzan diligentes; otros la pasean tomando el sol, esa ocupación tan grata á los españoles y que tiene tantos devotos; otros se agrupan á las puertas de la abacería para surtirse de la cajetilla que ha de distraerles luego en las! penosas tareas militares y ha de evocarles entre el humo del cigarrillo tantas imágenes rientes del terruño y de la novia; y todos, como abejas de una gran colmena, saliendo y entrando, moviéndose, siempre atentos por si les llama la corneta, siempre alegres y dicharacheros, matando en inocentes entretenimientos y diversiones pueriles los ocios de una guerra sin guerra, y la nostalgia por la patria ausente, que adivinan allá lejos, muy lejos, por encima del lomo verdegueante y tembloroso del mar que se tiende ante su vista y se pierde en un horizonte sin límites. Ff: En la Aduana del Sultán Allá, en un barrio extremo de Meliila, vivían tranquilos y gozosos en tiempo de paz los aduaneros moros encargados de la recaudación de un impuesto por todo extremo deshonroso para los españoles. Consentir que en territorio español ejerza el Sultán acción fiscalizad ora, y soportar el espionaje de funcionarios públicos marroquíes cerca de nuestros barcos de las importaciones mercantes y de todo equipaje llegado á Meliila, no podía ser más bochornoso. Cuando ocurrieron los primeros sucesos, y llegado que fué á la plaza el general Maclas, los moros de la Aduana fueron embarcados para Tánger, así como los demás moros de paz que sólo de los españoles vivían. Aparte de que el contrabando de armas, cada día más descarado é impune, justificaba tal medida, había sobre ésta la razón de que los moros eran en Meliila peligrosa ocasión de sangrientos choques y duras represalias cuando desembarcaban á diario soldados de España ansiosos de vengar agravios y ofensas, á las cuales todavía no ha impuesto castigo el Gobierno español. Nuestro grabado representa un lugar de la Aduana ocupado por soldados españoles, como todos los edificios de Meliila. Los guardias civiles del 14. tercio, encargados de la policía inte rior después de disuelta La Partida, aparecen custodiando las cajas de víveres y municiones que sin duda acaban de desembarcar. En primer término aparece el moro Hach, tirador del EifE, llamado á la plaza para que sirviera de guia en las operaciones. La historia militar del moro tangerino, así como los servicios prestados á España en conflictos anteriores, son conocidos del lector por haber, ido publicados en la prensa diaria. M Sach ostenta orgullosamente sobre el pecho varias condecoraciones militares españolas por dichos servicios.