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JULIO GROS IS iiestros lectores, más afortunados que nosotros, no notarán su falta en muclio tiempo. Las exigencias de la actualidad y las necesidades del ajuste han retardado la publicación de muchos dibujos de nuestro malogrado compañero. Si nos dejásemos llevar do nuestro egoísmo, allá en la cartera los guardaríamos como se guardan las reliquia? como se encierra la hierba aromática para que, aun tortada y muerta, sature de perfume el cajón, como ciertas substancias se mezclan con la ropa para evitar los estragos de la polilla; que asi como tUds matan á los insectos por la fuerza de su perfume, así en toda cartera de originales los buenos matan á los malos por la fuerza de la comparación. Mas él los hizo para él público, y el público los irá admirando semanal, T; mente; ellos nos recordarán á diario y en todos los instantes al hermano f c aifioso, al compañero insustituible; cuando las lágrimas de nuestros ojos no le 1 anten leves ampollas sobre el papel recién impreso, el gemido de las máquinas- provocará el gemido de nuestro pacho; el ir y venir de la platina, nervioso, conti 1 uado, insistente, semejará el no y no tristísimo de nuestra cabeza, jamás acostumbiada á esta separación dolorosa, impensada, eterna. Y sin embargo, nadie como nosotros puede atestiguar la llorada verdad: Huertas y yo, unidos en esta página para rendir á Gros el último tributo, contemplamos mudos y aplanadísimos su faz yerta y pálida á través del cristal abierto en la tapa del ataiíd; juntos le acompañamos al cementerio de la Almudena por aquella árida carretera del Este, cruzando las barracas y tenderetes de las Ventas, clsillones, sucios, feísimos, todo nnseria, pobreza y ridiculez, como es la vida mirada desde el borde de una tumba; juntos vimos el féretro descender á la fosa, poco profunda en realidad, y un precipicio para el alma que quiere; cayeron sobre la negra caja en ruido atropellado, siniestro y seco, las pjimeras paletadas do tierra, y ya la vista no pudo soportarla brusca acometida de la madre tierra, que al reclamar voraz y ansiosa sus derechos, golpeaba mcnuduuicute, como llamando en el ataúd, y rebotaba satisfecha sobre la tapa de zinc, que dolorosamente cedía á los choques. ¡Pobre Gros! El que á la postre de infinitos trabajos, luchas y estudios, casi Labia dominado al color, murió por el color, que se infiltró en su sangre por insignificante corladura. Tarde hallará BLANCO Y NEGKO quien ocupe su puesto, nunca quien le sxisíitnya. Constante y rápido en el trabajo, repentista en la inspiración, verdadero maestro en la técnica especial del dibujo á pluma y del blanco y negro nadie como él para esa labor dificilísima é ingrata do inspirarse en ajenos trabajos para ilustrar á diario artículos de todos los autores y de todos los géneros. Había adquirido tal práctica en trabajar para el fotograbado, que con toda valentía rayaba y manchaba, conociendo de antemano el prodigioso efecto que, al ser grabado y reducido, había de dar en el cliché aquel dibujo grandote y abocetado. Gros desconocía éstos sus grandes méritos, ó les tenía en poco, entusiasmado con sus pinceles y sus colores. Cuando la obligación le dejaba una semana, un día, una hora de reposo, tornaba al caballete y seguía copiando el modelo, ó metiendo en color una figura, ó terminando un cuadro para la Exposición más próxima. Y era fundado su entusiasmo: Gros, dibujando admirablemente, pintaba, así y todo, mejor que dibujaba. Muchos admiradores que no le conocían más que por la prensa ilustrada, quedaban maravillados al visitar su estudio de la calle de Hortaleza. Mas sin tiempo ni sosiego para pintar, concebía mucho más que ejecutaba, y rara vez terminaba sus cuadros. Allí están, cubriendo por completo las amplias paredes de su estudio, muchas de sus obras (entre ellas el dibujo de la página siguiente) aguardando todavía el último toque, esperando surgir del todo, como una primavera sorprendida por el hielo en los primeros brotes.