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822 ¡Infelices de ellos! Mientras sus ojos contemplan el cielo, bajo sus pies se irá deshaciendo la nieve; y así, cuando todavía dure sn esperanza, ya se habrá borrado hasta el nombre de la felicidad que ansian. Esto es triste, muy triste; pero de este modo vamos todos los hombres por la vida, escribiendo en páginas de nieve nuestros sueños; y antes, créelo, mucho antes de que se realice una tan sola de las dichas señaladas, ya se han borrado los nombres de todas, ya se ha deshecho la nieve, ya está acabada la vida. También tiene la nieve su leyenda, que te referiré si prometes escucharme con esa sostenida atención que es patrimonio de los niños cuando se les cuenta historias de hadas ó gigantes. ¿Tengo ya tu promesa? jpuedo empezar? Pues escucha: Todavía era en el mundo desconocida la nieve cuando sucedió esto que voy á contarte; hace mucho tiempo, pero mucho ¡quién sabe los siglos! Bueno; pues aconteció que eran muy amigas Eosa y Bosalía, dos lindas muchachas de un mismo pueblo cuyo nombre he buscado inútilmente en el mapa; pero como las dos eran hermosas y estaban enamoradas, supongamos que el nombre del pueblo en que vivían para nada sirve en esta relación. Cierra los ojos, sonríe, piensa en un pueblo, y ese es. Eosa, más feliz que Eosalía, se casó con el hombre á quien amaba, y no sé cómo pintarte las alegrías de su existencia; ello es que Rosalía, envidiando la dicha de Kosa, pasaba horas muj tristes, y cierto que sus lágrimas y sus suspiros tenían completa justificación. Su casa estaba al lado de la de Rosa, y muchas veces la infortunada Eosalía vio salir de la chimenea del hogar vecino unas chispas que estallaban con ruido de besos; verdad que el invierno era muy crudo y en todas las casas del pueblo se quemaban montes de leña. Pues bien; tú habrás oído decir que no hay bien ni mal que cien años dure. ¡Cómo lian de durar cien años, si nosotros que los gozamos ó los padecemos no duramos tanto! Pero te aconsejo cierta veneración por los refranes, habida en cuenta su antigüedad; es el único mérito que sobre ti tiene la Venus de ililo: es mucho más antigua; por eso la respeto. El marido de Eosa ¡ves qué desgraciil se murió, y el novio de Rosalía i ves cuánta dicha! decidió al fin casarse con ella. La felicidad y la tristeza saltaron la pared medianera que dividía las casas de ambas amigas; por eso recomienda un filósofo á los arquitectos que cuando construyan para los dichosos hagan los muros muy fuertes. Eosa siguió al cadáver de su marido hasta la iglesia. Entonces eran los templos camposantos, y bajo las losas de los sagrados recintos dormían los muertos, sin que les despertaran por eso las oraciones de los vivos. Eosa estaba inconsolable, desesperada. Decidió pasar en la iglesia toda la noche acompañando los fríos restos de su esposo; algunos de sus deudos, para aliviarle el miedo, se quedaron también velando el cadáver. I Qué obscura, qué fría, qué silenciosa estaba la iglesia I ¿Y Rosalía? Pues Eosalía, que á la mañana siguiente iba á casarse, no po lia dormir, te lo aseguro. Q, ué nubes de pensamientos en aquella loca cabecita, cuánta felicidad, qué blanda estaba la almohada, y á veces ésta crujía y era un nuevo pensamiento que se posaba al lado de Rosalía, haciendo un hoyo en el blanco y mullido cabezal! Con esto empezó á despuntar el alba, dando su suave luz miedo en la iglesia y contento en la alcoba de la feliz prometida; y como la luz pregunta siempre de parte de Dios á las mujeres hermosas qué es lo que desean, aquélla lo hizo también, y Rosa le contestó: Señor, dentro de tres horas inhumarán el cuerpo del que fué mi esposo; quiero que los pasos que al abandonarle dé, queden grabados en el suelo; y asi, desde esta iglesia hasta mi casa se verán perennes las huellas de mi desconsuelo. Y Eosalía dijo: Señor, dentro de tres horas me uniré para siempre al hombre que adoro; quiero que los pasos que para realizar tanta dicha dé, queden grabados en el suelo; y así, desde esta casa hasta la iglesia se verán perennes las huellas de mi felicidad. Dios, que oyó estas respuestas ó estas súplicas, dijo al momento: a ¡Sea! Y entonces cayó, durante tres horas, la primera nevada de que hay memoria en el mundo. Salió Sosa llorando del templo, y según avanzaba hacia su casa, iban, conforme á sus deseos, grabándose sus pasos en la nieve. Salió Rosalía riendo de su casa, y según avanzaba hacia la iglesia, iban, conforme á sus deseos, grabándose sus pasos en la nieve. Rosa volvía á veces la mirada para ver en el suelo las huellas de su desdicha, y Rosalía lo hacía también para ver las de su contento; mas ¡ay, niña mía, tú no sabes qué cosas tan raras suceden en el mundo! Halláronse á la mitad del camino Rosa y Eosalía; y como caminaban en opuestas direcciones, aconteció que Eosalía fué desde allí hasta la iglesia sobre las tristes huellas de Eosa, y ésta llegó á su casa estampando sus pasos sobre los pasos que señalaban la felicidad de su amiga. Y cuando una y otra llegaron al término de su triste ó su dichosa jornada, He ahí, decía Rosa, señalando las negras manchas estampadas en la nieve, el camino de mi eterna desesperación y angustia y Eosalía exclamaba: He ahí la senda de mi eterna felicidad y ventura. Pero Dios, que había visto cruzarse sobre la nieve los pasos de ambas amigas, y que comprendía con su poderosa inteligencia que en una misma huella estaban la tristeza de la una y la felicidad de la otra, dijo: No puedo consentir que dos mujeres hermosas sufran engaño tan grande; caiga otra nevada para borrar esos pasos, ya que la desdicha y la felicidad de los hombres dejan la misma huella sobre el suelo No sé qué más añadiría el Dios clemente que tú y yo reverenciamos; pero, si quieres, acércate al balcón, verás la nieve que cae, y tal vez oigas que Dios te manda pagarme la leyenda con un beso. JOSÉ DE R O Ü R E (DIBUJO DE L I I A R D Y)