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REVISTA- ALUSTRADA f ANO III MADRID, 16 DE DICIEMBUE D E IS ja NUM. 1 S 7 TÁNGER VISTA G E N E R A L lEÍASE que la capital diplomática del Imperio de Marruecos es un lavadero inmenso emplazado á orillas del mar; de lejos, todp blancura; de cerca, todo inmundicia y mal olor. A vista de pájaro ofrece espectáculo curiosísimo con sus terrazas alegres, sus minaretes altísimos elevando su masa octogonal llena de arabescos y coronada por la torrecilla prismática, terminada á su vez por el tejadillo piramidal; sus murallas almenadas, que recuerdan la dominación de los portugueses, su playa solitaria y las banderas de los consulados extranjeros, que al ser agitadas por el aire del mar parecen brindar consoladora protección á la colonia europea en aquella ciudad árabe del todo, aunque tenga sus puntas y ribetes de civilizada. El forastero se extravia en medio de aquel dédalo intrincado de callejuelas; las casas, blanquísimas hasta herir la vista con el sol, parecen conventos ó prisiones; no presentan al exterior el más pequeño hueco, fuera de la mezquina puerta adintelada ó abierta en arco de herradura; toda clase de despojos vegetales, basuras, inmundicias y animales muertos, son en las calles peligro continuo para el pie é insufrible molestia para el oltato; ni el rodar de un coche, ni los rumores de una fábrica, ni el ir y venir de gentes trabajadoras, interrumpe un momento la tranquilidad, mejor diríamos la somnolencia, que parece pesar sobre Tánger, una ciudad que á la vista es pálida, muerta para el oído y casi putrefacta para la nariz.