Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
814 -iVaya, morito, tú te estás mamando el dedo! ¡Naciste ayer! Esa trabaja por su cuenta, lo mismo para el cielo que para el infierno; cumple todos los encargos que se le hacen, sin mirar quién los hace ni para qué. ¡Jamás tuvo opiniónl Mahoma y Luciíer hablaron en secreto un m. omento y, se estrecharon las manos. Mahoma se fué al África, y el diablo á Inglaterra, Italia, o Francia, ó ¡quién sabe dóndel En tanto, la Muerte desapareció envuelta en el espeso polvo del Simoún, obscuras neblinas del Ganges y turbiones mefíticos y humaredas Os de guerra. c II Juan Lanas era un verdadero español: descuidado, generoso y poseído de su correspondiente superstición. -Eso de que nadie se muere hasta que Dios quiere me ha parecido siempre una barbaridad, solía decir, exaltándose con la mayor vehemencia. Entonces permitiría Dios que la muerte nos cogiese, en la mayor parte de los casos, á traición. Todos los que han muerto es porque han querido morirse. Según- Juan Lanas, no podía darse hombre que, por lo menos una vez en su vida, dejara de llamar á la muerte. Unos por aburrimiento de la vida, otros por no poder sufrir los grandes dolores del cuerpo, y, en fin, por desesperación, por fatiga, por soberbia, por remordimientos, por leves ó por graves motivos. í Tal preocupación se había hecJio dueña del ánimo de Juanillo, cuando viéndose éste, á consecuencia de una larga y peligrosa enfermedad, do militado c i- i M- I i l punto de morir, hubo de decirse á si propio con düc liU. j enipeüo aXo quiero, y no quiero morir Y como vino á darse el caoo Je que el mWM no muriera, éste llegó a pensar que la decidida voluntad de no querer morirse le había salvado en aquella ocasión de la muerto. -A nosotros nos parece que todos los que se mueren lo hacen contra su deseo, y aun ellos mismos pensarían de este modo; por supuesto, olvidándose de las muchas veces en que ellos la habrían llamado. Si la muerte no acude inmediatamente al llamamiento, es porque tiene muchas ocupaciones; pero, tarde ó temprano, complace siempre á los que la solicitan. ¡Vivieran los hombres muchos años, y ya se vería cómo todos los viejos llamaban ansiosamente á la comadre l ues, señor, esta era la preocupación de Juan Lanas, y no había quien se la quitara, y por ella vivía tan libre de temor, tan riente y gozoso, que las gentes, envidiando su locura, dejábanle en ella y solían decirle: -Sí, hombre, sí, tienes razón; tú no has tie morir hasta que llames á la muerte. Pues, seño sucedió (jiue fuanillo llegó á ser tan pobre, que con apuros y deudas llegó punto á menos que á desesperarse por el miedo de pasar como deshonrado y tramposo. Entróle entonces tal furor, que estuvo casi á punto de desear la muerte. ¡Que si quieres! ¡Nunca! se dijo. Si aquí se va mal, en otra parte me irá mejor, y trabajando se gana, y ganando se paga. ¡Adelante con los faroles! Y no con los faroles, y si con su pobre atiUo, salió del lugar y se fué á la ciudad, donde con un poco de trabajo y un mucho de fortuna hizose prestamente rico. Ko todos los bienes se dan reunidos, y por esto, cuando era rico cayó enfermo. Y acudió á visitarle un médico de grandes anteojos y hablar campanudo, y luego éste hizo llamar á otro, su camarada; y asi se reunieron en cónclave hasta siete, y le recetaron todos los brebajes y porquerías del mundo. Gomo Juanillo seguía erre que erre, creyendo que no había de morirse hasta que él no llamara á la muerte, burlábase de los médicos y no tomaba medicina alguna; por esto sin duda, ó porque fuera cierta su preocupación. Juanillo salió de su enfermedad. Cierto día, y en mal hora sin duda, conoció Juanillo una linda y eniliablada muchacha. Se enamoró perdidamente de ella; en obsequiarla y conquistarla gastó toda su riqueza y hasta toda la alegría de su alma, v al fin encontróse con un terrible desengaño. Entonces, entonces si que estuvo verdaderamente á panto de pedir á la comadre que le arrebatara la vida. Pero la verdad es que Juan era un tanto medroso y no quería jamás tocar este resolte intimo de su voluntad. Bn semejante momento fué cuando empezaron á revelai- se de nuevo en el mundo las picai- dias del diablo. Sobrevino la guerra terrible, porque ni había armas en los parques, ni confianza en los generales, ni instruecióii en los soldados, ni acierto ni concierto en parte alguna. J uan pertenecía á las reservas, y fué llamado. ¿Qué se me da á mí? pensó; esto me distraerá, haciéndome olvidar á esa ingrata. Y o no he de morir hasta que no me dé la gana, y como so el secreto, marcharé tan campante. Allá Juan lianas, Juan Cualquiera, Juan Nadie, fué metido en la masa de una legión de iiombres. Su cara parecía una de tantas, vulgar y sin ningún apreciablc rasgo distintivo formaba su cuerpo en el rebaño, iba donde la masa, y en medio de aquella su loca despreocupación sentíase admirado al ver que aquellos sus camaradas, que no sentían ninguna confianza contra la muerte, avanzaban dudosos primero y enloquecidos al fin al encuentro del enemigo. Algunos soldados caían heridos ó muertos; ni una bala hería al supersticioso Juan, y éste, despreocupado y contento, era un verdadero hipócrita del valor. De pronto, un oficial grita, por reavivar el valor de un pelotón de soldados que desmayaban é iban á retroceder: