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804 La conferencia La mañana del 23 de NoTiembre, y en las llanuras del campo de instrucción, los ingenieros militares levantaban á toda prisa una tienda de lujo, blanca, cuadrada, con su cubierta á dos vertientes y su marquesina en el boquete de entrada. El temporal amenazaba llevarse aquel edificio de lona, y previniendo el peligro, se levantó al lado una nueva tienda de campaña como las usuales en el campamento, cónica y sencilla, de menos lujo, pero de más segnridad. En aquel sitio iba á verificarse la conferencia pedida por Muley Araaf al general Maclas. Para evitar el estorbo de los curiosos, la guardia civil despejó aquellos lugares en cuatrocientos metros á la redonda, y toda la fuerza expedicionaria formó por compañías en sus respectivos campamentos. De allí á poco, precedido por lucido escuadrón de caballería mora y seguido por una escolta de peones peor armados que vestidos, llegó al lugar de la conferencia el principe sheriffiano, siendo recibido por el general gobernador, á quien daban guardia los lucidos escuadrones de Santiago. El general español y el magnate marroquí entraron en la tienda, á cuya puerta se situaron, como dignos centinelas de nuestro huésped, el bajá del campo y otro moro conspicuo, portadores de un alfanje y de una espingarda para el general Maclas. La entrevista duró una hora, y su resultado fué, como se sabe, negativo para las pretensiones de Muley Araaf. Pedia éste la tregua necesaria para acabar de someter á las kabilas reacias; suplicaba que no se interrumpiesen las relaciones comerciales entre la plaza y los poblados moros, y ofrecía cortar mil cabezas, para que tan ejemplar castigo aplacase nuestra sed de venganza. A nada de ello accedió el general Maclas, quien volvió á la plaza seguido de su Estado Mayor y de los dragones, mientras lentamente se alejaban por el lado opuesto el, desairado principe, los infantes moros de roja chaquetilla y los soldados de á caballo con sus inacabables espingardas y sus blancos jaiques flotando á merced del temporal. Ei bajá de! campo Desde que los primeros acontecimientos de Melilla llamaron la atención de España hacia este rincón, antes olvidado y obscuro, la figura del bajá moro ha sido objeto de gran curiosidad. Extrañaba á los españoles la persona del musulmán, cuyas apariciones periódicas tenían mucho de fantástico; tan pronto surgía de entre las rocas escarpadas que conducen á las guaridas del rifeño, como se escondía durante mucho tiempo, sin que nadie supiese dónde se había metido; unas veces se veía entre el polvo del camino surgir la comitiva del personaje moro, compuesta de algunos astaris, cuya roja chaquetilla destacábase entre el verdor del campo; la indispensable bandera blanca, símbolo de paz, estaba representada por un mugriento trozo de tela colgada en una caña endeble y retorcida; el bajá, grave y orgulloso, marchaba seguidamente entre una interminable escala de reverencias y zalemas. A veces corría en la plaza la nueva de que había sido asesinado por sus mismos subditos, y cuando todos hacían comentarios sobre la muerte del inútil representante de S. M. Sherifñana, he aquí que aparecía nuevamente, como evocado por un conjuro mágico que le permitió escapar de la tumba. El bajá del campo es el jefe de la kabila de Benisicar, la que parece es partidaria de la lucha con España; sobre ella no tiene influencia moral alguna, y no sería extraño que en un momento imprevisto le dieran un disgusto sus feroces subordinados. Los rífenos de Benisicar no se arredran al contemplar sus trincheras llenas de cascos dispersados por la metralla; no les acobarda el espectáculo de sus destruidos aduares, ayer dormidos entre un bosque de verdor y rodeados de campos fértiles y aguas cristalinas, donde las moras bajaban á mirarse con infantil algazara; las casas agujereadas, las mieses perdidas y el ganado muerto, les dan nuevo valor para el dia de la lucha grande. Cuando ese día llegue El primero que debe ponerse en salvo es el ladino y misterioso bajá del campo, jefe de la kabila de Benisicar.