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795 Sonó para la mora el momento de trabajar; la borriquilla que sale del interior de la cueva, habitación y establo al mismo tiempo, marcha cargada de cantariUos hacia el poblado. Cuando los últimos rayos del sol juegan en los picachos, tprnasolando las escuetas cumbres, la voz del muezzin viene lejana, como un gemido misterioso traído en alas por el viento: es la oración de la tarde. El sol poniente, las flores que se cierran y las brisas que suspiran, vienen á entonar su eterno himno á la Naturaleza. Después, mientras los cántaros ruedan por el suelo y el pequeño borriquillo descansa ante la cueva, el rifeño departe con sus amigos, sentados en el suelo y bajo el dosel de rocas y follaje que forma la entrada de su vivienda, esperando el momento en que las rojizas lenguas de llama bailen en las hogueras del lejano monte, como lUmando á los fieles creyentes para decirles, con los cambiantes azulados y rojos de sus nubes de chispas, que ha sonado la hora de la guerra santa. Los cañones en Melilla El pincel de Arpa ha trasladado al lienzo una escena de las que á diario contemplan nuestros ojos. Una batería de montaña emplazada en lugar estratégico cañonea los poblados y las trincheras del EifE El ganado, con los atalajes puestos, aguarda el momento de cargar otra vez cureñas y cañones, aún calientes por los disparo? para volver á la plaza ó situar la batería en otro punto. Bu el fondo disparan simultáneamen- te los cañones; el jefe de la batería, erguido t V en su montura, ordena el alza y dirige el fuego. Los cañones son en Melilla nuestra fuerza principal y nuestro argumento irrefutable. Cuando de noche, y á favor de los reflectores qué iluminan el campo enemigo, atruenan el espacio las baterías de la plaza, y como eco obediente responde á sus disparos el tronar de las piezas de los fortines, retiemblan loa cristales de la ciudad y huye el sueño de todos los párpados, mas no hay español que deje de pasar á gusto tales vigilias, pensando que en aquellos instantes la ruina y la muerte caen sobre el campo rifeño, destruyendo la guarida del lobo, cuando no pueden destruir al lobo mismo. Los cañones Verde Montenegro, cuyo estampido estruendoso descónchalos viejos murallones de Melilla; las ametralladoras Nordentfeld de nuestros buques de guerra vomitando balines por sus bocas de fusilería; las inquietas baterías de montaña, tan pronto enganchadas á los tiros como emplazadas en la llanura, causan á veces numerosas bajas al enemigo y producen siempre un efecto moral abrumador entre las chusma rifeña, que se siente cada vez más débil con sus antiquísimas espingardas y sus flamantes Eemington, arrancados á las fábricas españolas por infame y vergonzoso contrabando. La artillería impide á los rífenos maniobrar en grandes masas y correrse por la costa hacia Melilla; destruyó sus aduares, sus casas y sus mezquitas; acecha su salida, enfilada hacia los últimos reductos, y les recluye en ellos, forzándoles á limitarse en su cobarde y poco digna faena de cazar á los soldados y fusilar á las guerrillas que se ponen á tiro. Sólo cuando en días de tregua puede libremente recorrerse el campo y se contemplan las cuevas y cañadas destruidas, los campos sembrados de espoletas y cascos de bomba, las trincheras abandonadas y húmedas con la sangre y los despojos enemigos, es cuando se comprende en toda su terrible grandeza el acierto de nuestros artilleros y el poder y alcance de nuestros cañones.