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Entre las curiosidades que hasta hace poco había en Melilla, figuraban sin duda los hebreos del Poligono, á quienes una reciente orden del general Maclas ha expulsado de la plaza. Por las calles del célebre barrio pululaban con una! libertad extraordinaria y haciendo una vida casi primitiva; los judíos de lacios cabellos y barba tan descuidada como crecida, hablaban á gritos, sentados en las puertas de las pobres viviendas; vestían las mujeres los trajes de los tiempos bíblicos, con sus colorines y sus ajorcas de oro; en la cabeza el pañuelo de las casadas con que la historia nos pintó tantas mujeres del gran pueblo; una especie de túnica sutil y transparente, sin mangas y llena de botoncitos pequefios, cubría el cuerpo; un cinturón rojo, torpe remedo de aquellos cintos llenos de oro y pedrería que en el esplendor de su grandeza llevaba el pueblo hebreo del Oriente, pasaba á través del talle, oiñéndolo apénaselos pies descalzos, algunas veces adornados con anillas antiguas, formando juego á los rollos de plata de los brazos y á los aros de oro que aun las hebreas más pobres cuelgan á sus orejas. El espectáculo en general de los hebreos del Polígono era pobre y miserable; la puerta era su vivienda favorita; allí las cabras corrían día y noche en amigable consorcio con la familia, de la que formaban parte; ante la puerta se hacia el pan que ha de consumirse en la noche del sábado, día en que el hebreo no puede tocar la luz ni comer nada caliente. Hoy el Polígono está vacío de hebreos; el hogar de alguna de estas miserables Rebecas ó Saras es hoy, lo más, un cuerpo de guardia donde el soldado canta durante el día y vigila entre el silencio de la noche. Expulsados de Melilla los hebreos, confidentes y amigos de los moros, salieron en un barquichuelo humilde para Oran, llorando lo que ellos creen su mala suerte y es tan sólo el fatalismo que Dios echó sobre su raza cuando allá, entre los bosques de palmeras y de olivos que mecía el viento bajo el cielo encantador de su Judea, los condenó una maldición eterna á seguir la estela del planeta errante, que marca BU camino por el mundo. Atribuyase al sino fatal de la raza semítica ó á la complicación de los judíos en el contrabando de guerra, el hecho es que aquéllos han salido de la plaza, perdiendo ésta con tal partida una nota de color algo arcaica, pero muy interesante. 5 La cueva del moro En las alturas del Q rugú, arriba, arriba, donde el cielo azul y transparente se ve cercano, tiene el rifeño su vivienda. Allí crece una vegetación lozana y casi salvaje; las pitas se alzan de entre las rocas, elevándose como brazos amenazadores. Abajo el llano, muchas palmeras esbeltas y flexibles que ondulan mecidas por el viento. El tesoro del rifeño es su escopeta; el amigo inseparable, su caballo. Cnaudo la luz del lejano día ilumina débilmente la madriguera, el moro ya está dispuesto, y el corcel árabe de guedejas atigradas y piernas tan fuertes como veloces relincha nervioso, devorando con la vista el verde campo. El moro sube de un salto, y poco después el grupo se pierde en la escueta roca de la montaña. La mora asoma la cabeza por la cueva, defendiéndose del sol, que evita con la mano. Una especie de camisa de amplias y múltiples labores cubre su cuerpo, que un cinturón aprisiona; el cabello, partido en dos trenzas y combinado con cintas, asoma por la cabeza, que cubre un pañuelo; á la espalda un chico, negruzco por el sol, se desgañita llorando inútilmente.